Introducción
Publicado en 2021, Aguanieve explora temas de memoria personal, paisajes urbanos y eventos históricos, incluyendo la dictadura. Guillermo Fernández describe este libro como una obra que presenta la ‘paradoja de la gran literatura: cómo una obra profundamente personal y local puede ser simultáneamente universal’. El texto está impregnado de ‘calles, infancia, amores y amor,’ abriéndose desde un nivel íntimo, cuántico (subatómico) hacia ‘multiversos’. El libro transita por los ‘recuerdos más mínimos de un niño, vistos desde la mitad de la vida,’ y reconoce los apagones del alma. También aborda la ‘sensación de frío’ y encuentros con figuras como Sábato en su residencia en Santos Lugares, y la Gabriela Mistral de 1918 en Punta Arenas.
A pesar de las muertes y exterminios de la dictadura, Fernández concluye que estos eventos ominosos jamás detendrán esta Aguanieve, lo que sugiere un tema de resiliencia perdurable. El libro invita al lector a su propio deshielo interior implicando un proceso de sanación o comprensión. Aguanieve parece sintetizar muchos de los temas anteriores de Riveros: la conexión íntima con el paisaje austral (el frío, la “aguanieve”), la exploración de la memoria personal (la infancia, las calles) y la confrontación con el trauma histórico (la dictadura, los exterminios).
La descripción de la obra como profundamente personal y local, pero simultáneamente universal, sugiere que Riveros continúa utilizando su perspectiva única desde el extremo austral para comentar sobre experiencias humanas más amplias. El deshielo interior implica que, al enfrentar estas memorias e historias difíciles, tanto personales como colectivas, puede ocurrir un proceso de comprensión y quizás de sanación, no solo para el poeta sino también para el lector. Esto se vincula con la idea de la poesía como un temporal o tormenta de paz implícita en el Poema del Cosmos.
Aguanieve representa una culminación madura del viaje poético de Riveros, donde la narrativa personal íntima sirve como un poderoso microcosmos para explorar grandes relatos históricos y la capacidad humana perdurable de resiliencia y comprensión frente a la adversidad. Subraya el potencial transformador de la poesía para navegar y reconciliar traumas pasados con la existencia presente.
AGUANIEVE
A mis nietas Emma y Amelia,
a mis nietos Milan de Ximena
y Milan de Nimia.
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Fue el inicio de un proceso insondable. Cuando alguien comienza
lentamente a transfigurarse, a convertirse en un ser distinto de lo
que las apariencias hasta ese instante sugerían, marcan el inicio de
la mayor aventura –cuestiones inciertas que han de llegar o que han de
venir– a la que puede acceder un hombre. Como introducirse en
una selva de la que nadie sabe si algún día saldrá o se perderá.
La transfiguración –más intuida que sabida en esa época– consistiría
en asumir lo que siempre se había sido y que las diversas circunstan-
cias y accidentes de la vida nos van haciendo olvidar.
Hasta antes de conocer a Carolina era un economista y, aunque
había muchas señales, con una vocación intuida pero no asumida.
Entonces la metamorfosis consistió en recoger y estructurar los res-
tos o residuos de alguien que sufriera una conmoción interior pro-
funda luego de conocer a Carolina, y que impulsó un vasto proceso
de descongelamiento y de resultados nebulosos e inciertos.
En efecto, cometí un acto inmoral frente al tiempo.
Así se podrían entender quizá las frases de Rimbaud en su segunda
carta del vidente, a Paul Demeny, cuando dice: “Yo es otro, si el co-
bre se despierta convertido en clarín la culpa no es en modo alguno
suya”.
La experiencia de Rimbaud la ha vivido la mayoría de los hombres en
todos los campos. Sin duda, todos han tenido su propia “temporada
en el infierno”. Y, en especial, los escritores que se toman en serio.
A medida que el descongelamiento avanza, y la nieve se va tornando
aguanieve, los paisajes que emergen desde los sustratos más íntimos
de nuestro ser pueden revelarse desoladores al comienzo para luego
irse cubriendo de significados que irán explicando todo aquello que
antes fue un sinsentido permanente.
Bajo el gran continente helado de nuestra intimidad, bajo nuestra
banquisa personal, existen mundos, dolores y alegrías que quedaron
sumidas bajo el hielo. Y esos nimios universos cuánticos operan y
afectan nuestros actos cotidianos sin que nosotros tengamos con-
ciencia cabal de ellos. Hay una dinámica del terror habitando en
todos los mundos congelados, dice Gendlin. Y como al regresar so-
bre las huellas de un náufrago, la palabra va nominando el círculo
infernal de nuestra interioridad para construir esa obra de arte que
es el hombre, al decir de Heidegger.
Y este descongelamiento se puede iniciar con el aumento de la tem-
peratura interior que genera alguna pasión. Como el amor. Fue mi
experiencia. Al elevarse la temperatura interior comienzan a irrum-
pir territorios insospechados que permanecían encapsulados en
mundos congelados.
El amor puede originar –¡ay, también el odio!– inmensas marejadas
que suscitan, como todos los desastres naturales, una gran destruc-
ción que devasta todo lo frágil y efímero haciendo luego –en un
tiempo que puede ser una eternidad en esos mundos íntimos– res-
plandecer o crear ciudades fantásticas en lo más hondo de nosotros
mismos. Mundos que asegurábamos inamovibles terminan siendo
devastados por la furia natural de nuestras pasiones.
El deshielo interno –la nieve transfigurándose en aguanieve y en
agua– crea, como dije, desprendimientos de grandes bloques de hie-
lo, generando al mismo tiempo enormes oleadas que, asolando todo
a su paso, develan océanos que conectan la noche con las estrellas
y el cosmos. Y ello ocurre luego que se han derretido esas inmensas
capas de lágrimas congeladas de la que nos habla el Dante en el can-
to 33 del Infierno.
Ya lo dijo Merleau Ponty, somos un mundo y lo somos en virtud de
nuestro cuerpo. Éste, como una pirámide celestial o cósmica, oculta
una infinidad de secretos y mundos congelados. Y es posible que
algo o alguien impulse fortuitamente el proceso de cambio directa
o indirectamente. Y he aquí que, en la medida que nos internamos
en nuestras propias selvas, el proceso obedece cada vez más a le-
yes cuánticas ante la variación de aquellos mundos infinitamente
pequeños, como un copo de nieve, que al deshelarse genera saltos
cuánticos liberadores.
Porque, como diría Gendlin, en todo cuerpo humano hay alguien
ahí dentro luchando por vivir la vida. Podemos desatenderlo, pode-
mos hacer como que no escuchamos, pero alguien ahí dentro nos
urge para que lo escuchemos. Y si bien al comienzo podemos no
entender sus gestos, sus señales, lentamente iremos descifrando el
enigma de sus actos.
Mi modo de iniciar ese camino fue producto de vagas intuiciones
que decían que algo no estaba bien en mí. Y que había que salvar al
náufrago.
Hubo lecturas importantes en ese período, tanto literarias como fi-
losóficas. Solo quiero citar, por su enorme importancia, a los poetas
César Vallejo y Emily Dickinson. Hay, por cierto, muchos otros de
jerarquía capital que no nombraré.
Aunque debo precisar que en ese tiempo de 1975 en adelante hubo
innúmeras lecturas. No había selección alguna. Un autor llevaba a
otro y éste a otros de mayor o menor importancia. En medio de ese
ruido confuso de gritos y voces, se tropieza con faros que uno apenas
puede sospechar que necesita.
Se leen demasiadas cosas que, no obstante el asombro que provocan,
no son perdurables y que el tiempo rápidamente corroe echando
una capa de orín sobre ellos. Por cierto, es la búsqueda de la familia
a la que uno pertenece. Pero ello lleva tiempo, dedicación y pacien-
cia. ¡Y mucha paciencia! En ese recorrido se pasa junto a los grandes
con no poca soberbia, otorgando gran atención a autores menores
que parecían estar, en ese instante al menos, más cerca de nosotros.
Y pasamos junto a los maestros velozmente sin detenernos en esos
abrevaderos de enseñanza sobre el oficio de la escritura. ¡Es inevi-
table! El ansia nos impulsa y abalanza sobre una vorágine de letras,
desmereciendo, sin querer, lo importante.
Una lluviosa tarde de invierno de 1976, llegó Carolina absoluta-
mente mojada. Sus cabellos destilaban. Pero ella sonreía. Con moti-
vo de mi cumpleaños 31, me entregó un pequeño paquete. Lo abrí
con recogimiento. Y al desenvolverlo aparecieron las Obras completas
de Franz Kafka editadas en dos tomos por Editorial Planeta. Sin
duda, el mejor regalo que me podían hacer.
Nada había leído de ese autor. Lo conocía solo por
referencias. ¡Solo referencias del escritor más grande del siglo 20!
Eso ocurrió un día sábado. El domingo fuimos a los bosques de
Denavi Sur en Talcahuano y, bajo los grandes eucaliptos, leímos las
Cartas a mi padre. Ella llevaba un poncho verde claro y lucía hermo-
sa. Yo estaba inmensamente confundido. Estaba oscuro. No tenía
conciencia de cuán oscuro estaba, de la opacidad de mis actos, de
mi discurso, de mis pasos.
No tenía conciencia alguna de la profunda depresión en la que me
hallaba. El rompimiento con mi pasado, mi familia, mis creencias e
ideologías. Vivía un quiebre total. Mis estructuras mentales e ideo-
lógicas, mis sentimientos respecto de toda mi vida anterior, se de-
rrumbaban en mi interior en un estrepitoso y universal silencio. Una
horrenda destrucción. Como una casa envuelta en llamas mientras
miraba atónito el derrumbe de los escombros. Y yo no era ni siquie-
ra el espectador sino alguien que oía lejanamente los sordos ruidos
de un sismo colosal. No sabía lo que ocurría. Los únicos síntomas
sensibles eran una hiperestesia que se manifestaba en apagadas lágri-
mas que brotaban sin justificación aparente.
Carolina sabía o intuía mucho más. Soportaba esa atmósfera incle-
mente y con mayor madurez que yo.
En esa atmósfera comencé la lectura de El castillo. De acuerdo con
la soberbia propia de los neófitos, abordé esa obra dejando de lado
lo que consideré eran atajos, i.e., las obras previas como La condena
y otros cuentos, sus relatos breves y El proceso. Ciertamente ocurrió
lo que era obvio. No entendí nada. Mientras recorría las primeras
páginas de El castillo me extrañaba la simpleza de la prosa y que, en
realidad, no narraba nada. Pero, me dije, ¿qué hay de significativo o
importante en estas páginas? ¿Cómo pueden decir algunos que esto
es una gran literatura? ¿Qué hay aquí que verdaderamente importe?
Y avanzaba. Y continuaba con ese sabor a nada. Junto al calentador
a parafina continuaba mi lectura mientras un universo de agua caía
implacablemente.
Por cierto, yo presumía entender a Kafka. Pero un lector, y más aún
un escritor incipiente, nunca debiera presumir. Ello solo lo conduce
a la ceguera.
La prosa simple y llena de sentido de K. se me revelaría –y sin pre-
sumir ahora una comprensión total que solo se va desplegando en
el tiempo– unos dos años después. Y cuando el engreimiento quedó
reducido a nada, el mundo de K. comenzó a iluminar vastos secto-
res de la realidad propia y de la sociedad. Para llegar a la verdadera
comprensión de K. había que comportarse como el agua. Quedarse
quieto en los niveles más bajos de la significancia. Y luego, como
el agua, amoldarse y asumir lo que uno era. Un pozo menor en el
ámbito de océanos mayores. Y había que asumirlo. Yo solo era como
el agua de las charcas.
¡Oh, la soberbia! Como la presunción del novato que cree podría
escribir la Comedia en un par de semanas.
Vendrían luego días de mayor lucidez y de auténtica humildad.
Los procesos vitales son evasivos.
Así estaba cuando me autoexilié en Punta Arenas el año 78.
¿Cómo funcionó en mí esta búsqueda?
Caminando por la ciudad de los vientos, de la nieve y de los hielos.
Renaciendo en la ciudad que me vio nacer. Un errante, alguien que
merodea por los suburbios, sin rumbo, un tanto desamparado y con
la remota esperanza de ‘otra vez no encontrar nada’. Quizá ‘perder el
tiempo’ o perderse en el tiempo buscando algo que no se sabe qué
en medio de la multitud. Pero en PA no hay bulevares ni pasajes –
¡esos pasajes caros a Benjamin!– solo unos tímidos callejones que
se recorrían en un par de minutos. Es curioso cuando se piensa en
ello. Una ciudad que sugiere y clama por esos corredores o bulevares
tibios en el centro de la urbe. Para andar los bulevares interiores.
En ese tiempo, solo en la zona franca se podían observar esas gale-
rías con innumerables tiendas llenas de mercaderías prescindibles,
de opulencia, comodidad y patios de comida. La ostentación de la
misma burguesía comercial de calle Bories y su entorno. Pero ese
paseo comercial está relativamente alejado del centro.
Como vagabundo no buscaba la soledad de la multitud. No había,
no hay multitud en PA. Sí eran multitud los espectros que me ace-
chaban en las calles. Buscaba lugares, sitios, marcas de la naturaleza,
en parques, avenidas, árboles y casas, señas que alguien me dejara en
el pasado. O tan solo una huella que me condujera al tesoro perdido.
Y la plaza, era el lugar de residencia principal de aquella multitud
de fantasmas.
En suma, como en Baudelaire, un flâneur que amaba la soledad en
la multitud.
Así, un hombre caminaba por la ciudad en compañía de una mujer
fantasma bajo la noche inmensa de lunas. Caminando, casi tomados
de la mano y nominando todo lo que me rodeaba, con tristeza a
veces, con alegría otras.
Y lenta e imperceptiblemente me fui internando en el bosque.
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Punta Arenas es una ciudad hermosa. En 1978 me recibió como a
un hijo que se había perdido, sonriéndome en medio de la nieve. Y
como una madre dispuesta a contestar mis preguntas y restañar mis
heridas.
Sospechaba que todo esto era aparentemente inútil. Que no tenía
mucho sentido recorrer y oír los acordes o incoherencias del pasado.
Pero aquí estaba vagando solitariamente por las calles de mi ciudad.
Solo después comprendí la necesidad del deshielo.
Miré las aguas del Estrecho y la inmensidad de sus olas. La sinfonía
de su oleaje, como en la Séptima de Sibelius, una inmensa marejada
que devastaría mis débiles cimientos.
Y hablo de la música porque ella ha sido una compañera desde que
comenzó la transformación. Debo mencionar la omnipresencia de
Brahms y su Concierto para violín con su gran poder evocador en
la construcción de mundos insospechados y remotos cuando se acti-
van involuntariamente los recuerdos. Como sobrevolar una extensa
llanura de infinitos árboles, plantas, aves y retazos y anfractuosidades
que, como efigies y enigmas de la infancia y de todo lo pasado, bajo
caparazones de hielo palpitan en la profundidad de nuestros corazo-
nes. Mi padre gritando en medio de la nieve, o instruyéndome a la
orilla del mar de Caleta Banner, o mi madre cocinando en silencio,
o las expresiones del rostro de Mónica la primera vez o de Carolina,
o las excursiones en los bosques, pendientes y colinas tras las frutillas
en PA. Todos universos pequeños que constituyen un multiverso de
fragmentos conocidos y otros desconocidos u olvidados.
Son los recuerdos que la música libera. Sueños encriptados en las
profundidades de la infancia de calle Talca cuando escucho Nimrod
de Elgar y que desatan tristemente la pequeña prisión de Felipondio
en esos largos atardeceres. O la súbita aparición de Mónica ante el
piano en la fría tarde de un invierno interminable mientras teclea los
acordes de la “Danza eslava” 16 de Dvorak o al escuchar las “Can-
ciones que me enseñó mi madre”.
Nada nuevo, por cierto. Ya lo dijo Proust detalladamente a lo largo
de su obra al reflexionar sobre la “Sonata de Vinteuil” y los recuer-
dos de Swann y de Marcel.
Mucho, mucho después tendría el privilegio de vislumbrar –al me-
nos en alguna medida– las fronteras del infinito para llegar a Mo-
zart.
2
Esto no es fácil.
Mónica y yo vivíamos en PA, a una cuadra de distancia. A los 15
años la recuerdo en la ventana de su casa junto al río. Luego, a los
17 años, comenzó nuestra relación, que al cabo de seis años culminó
en el casamiento.
Ella había terminado sus estudios universitarios de enfermería en la
Universidad de Chile en Santiago, y yo cursaba el tercer año de inge-
niería en Concepción. Ella financió mis últimos años de estudio. Me
apoyó en todo. Me titulé. Y al cabo de 5 años teníamos cuatro hijos.
Recuerdo con ternura su belleza el día del matrimonio. Su piel blan-
quísima, su pelo muy negro, sus dientes blanquísimos. Fue un día
de invierno en una parroquia del centro de Santiago y que años
después reconocí junto al cerro Santa Lucía. Una pequeña fiesta fa-
miliar. Unos boletos de bus esa misma noche al sur. Sería la prime-
ra vez que estaríamos realmente solos. Llegamos muy temprano a
Concepción y nos fuimos a casa de mis padres, quienes se habían
quedado en Santiago. Como a las 11 horas de ese primer día juntos
en agosto de 1967, fuimos a un supermercado donde se oía como
música de fondo el “Amor es azul” con Paul Mauriat. Era un azul
angustioso, no obstante, y que tendía a ensombrecerse.
Mónica llevaba un abrigo color verde petróleo. Una mujer de pocas
palabras, estoica y buena administradora de la hacienda hogareña.
Tenía, por desgracia, una confianza excesiva en mí.
En marzo del 69, luego de nacido nuestro segundo hijo, arrendamos
una casa en calle Maipú, que resultó ser un garaje habilitado. Abun-
daban las lauchas que subían por las cortinas. Pero Mónica jamás
reclamó. Nunca hubo un lamento de su parte por las condiciones
más que precarias en las que vivíamos. Aceptaba las condiciones sin
protestar. Mujer de grandes y silenciosos sacrificios.
Una noche de invierno de ese 1969 sufrió dolores vesiculares. Si-
guiendo los dictados de su profesión de enfermera, me dijo imper-
turbable: “Quédate con los niños. Yo iré al Hospital Regional”. Y
partió como a las 11 de la noche. Al otro día me enteré que se había
operado de la vesícula. No recuerdo haberla ido a visitar.
Esa tarde fui a un cine del centro.
Ahora, en perspectiva, cuando al inicio del año 1974 se podía pensar
en iniciar una fase de preocupación por nosotros mismos, yo –casi
abruptamente y sin una conversación profunda– decidí abandonar-
la, so pretexto de comenzar una nueva vida en la que ella no tenía
cabida.
Creía tener aparentemente todo pero, en realidad, no tenía ni si-
quiera un territorio interior sólido, sino solo arenas movedizas.
No tuve conmiseración alguna.
Y sin más abandoné el hogar.
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También en el infierno nieva.
4
Había comenzado a trabajar en abril de 1970. Al quedar cesante a
fines de ese año, Mónica se contactó con su familia de Punta Arenas
y, ante una vacante en la sede de la Universidad Técnica del Estado,
decidimos trasladarnos a nuestra ciudad natal.
Viajé en marzo de 1971. Ella llegó en abril.
El 71 nació nuestro cuarto hijo. Nuestra relación se deterioró pro-
ducto de nuestra inexperiencia y juventud. Como una enfermedad
silenciosa, solo se manifestó en el trance final.
Nuestra casa era helada. Ambos trabajábamos.
Y todo terminó en abril de 1974.
Partí a trabajar a la Universidad de Concepción.
Mis hijos eran muy pequeños.
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Los paseos por la ciudad del 78 eran cotidianos.
Pero en ese tiempo yo sentía menos frío que hoy. De alguna manera
tenía mayor resistencia al frío y al hielo. No tenía conciencia de que
el frío interior era aún mayor.
Me paseaba también con más naturalidad, con menos angustia y contemplaba
más pacíficamente los árboles y los rincones. Disponía
de todo el día para mí. Y leía.
Por las noches pasaba, con relativa frecuencia, mi amigo Manuel,
tocando los vidrios nevados de mi ventana, para que le hiciera com-
pañía en sus visitas a la casa de su novia.
Mientras él jugaba a las cartas, yo dormitaba en un sillón. Así pa-
saban las horas, hasta que regresaba a la casa en que arrendaba una
pieza. La dueña de casa, Yolanda –una viuda de unos 60 años
en ese tiempo–, dormía en una pieza frente a la mía. A veces llegaba a
la casa un amigo de la Sra. Yolanda. Eran noches inolvidables para
ellos en medio de manifestaciones eróticas que me hacían sonreír
en la soledad de mi habitación. Recordaba el cuento de Juan Emar.
Mis necesidades eran muy elementales: habitación, alimento, hábi-
tos de aseo y lectura. Mis ingresos eran sumamente precarios y los
obtenía mediante algunas clases que dictaba. No obstante aquellas
restricciones materiales, me embargaba una sensación de limpieza
interior cada vez más creciente. La atmósfera de pureza y riqueza
interior que emanaba del libro Soledad de Byrd impregnaba todos
mis actos. Poco a poco uno se va convirtiendo en un niño o va re-
cuperando la inocencia perdida, es decir, una mirada ingenua y sin
dobleces, esa capacidad de fascinación de alguien que está descu-
briendo el mundo. Son pocos los hombres que recuperan la inocen-
cia perdida, y menos aún los que la recuperan en procesos sucesivos.
Y menos todavía son aquellos que acceden a una segunda ingenui-
dad como en Mozart, que se manifiesta cuando el artista se encuen-
tra con una idea divina e infantil al mismo tiempo, una idea de
aquella segunda ingenuidad de la que son capaces solamente la ma-
durez y la maestría. Y el resultado es el K. 515, e.g. Por cierto, yo es-
taba infinitamente lejos de eso. Solo vislumbraba un posible estado
de limpieza en medio de la catástrofe general.
Miraba con mayor piedad a los hombres y sus cosas cotidianas y
problemas. Visto de otra manera, era yo el que comenzaba a recon-
ciliarse consigo mismo mientras el gran deshielo se iba produciendo.
Reía con ganas de las bromas de Manuel. La suave brisa o el leve mo-
vimiento de una rama bastaban para emocionarme profundamente.
La única obsesión eran las cartas de Carolina que iba a buscar dia-
riamente a la casilla del correo. Pero sus cartas, por cierto, no eran
demasiado frecuentes. Su letra menuda y ordenada semejaba peque-
ñas aves volando sobre un océano o veleros levemente inclinados
por el viento.
Todavía no eran los tiempos del correo electrónico. La carta repre-
senta un sacrificio mayor de dedicación y tiempo y amor.
…….Hombre modesto, seguramente chilote, tenía un carretón con ca-
ballo. Un día nos invitó a subir en su carro a dar un paseo por la
manzana. ¡Qué inolvidable sensación la de ir arriba de ese carretón
oliendo el sudor del caballo mientras recorríamos el barrio! Íbamos
en una nave espacial…..
11
Los días que precedían a la navidad en mi ciudad eran particular-
mente íntimos.
Las brisas de diciembre removían el polvo de las calles y pequeños
remolinos recogían hojas, envoltorios de celofán y otras cosas menu-
das. Nada extraordinario. Todo era absolutamente normal mientras
se limpiaban las calles.
Me producía algo inexplicable, como un rito mágico que la brisa
me dedicaba, algo como la búsqueda de un orden en mi incipiente
caos de niño.
Parecía que las noches no llegaban sino que eran una sucesión inter-
minable de auroras.
Como una limpieza interior. Como cuando caía la nieve en las no-
ches de invierno bajo los faroles.
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Como decía el emperador Augusto a sus oficiales, lente festinans,
habité el bosque de mi ciudad para cumplir con la misión que me
había encomendado, i.e., operar con el recuerdo sobre los bloques
de hielo. Y he aquí, entonces, mi gratitud a la tierra que me vio na-
cer una vez más.
Así, obstinado, con apresurada lentitud, me fui en busca de las hue-
llas primigenias y me interné en la selva.
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Víctor Aguilar, auxiliar del Liceo de Niñas, era hermano de Armando.
En 1957, la Sra. Nora, esposa de Víctor, nos invitó al décimo cum-
pleaños de su hijo Titín, el mayor de varios hermanos. Ya vivíamos
en Jorge Montt.
Faltan palabras para describir esos cumpleaños. La casa de Titín es-
taba en Lautaro Navarro entre Valdivia y avenida Colón.
Una mesa llena de los más variados dulces, kuchenes, tartas, tortas,
helados, gelatinas, pasteles y las infaltables tazas de chocolate con
leche. Y los gorros de cumpleaños y serpentinas.
Y el grito de recibimiento cariñoso de doña Nora: ¡Ahí vienen los
chicos Riveros! Como si nosotros fuéramos el alma de aquellas cele-
braciones. Así era en ese entonces. Comíamos hasta hartarnos. No
había dulce que no devoráramos tres o cinco veces. Titín tomaba
una taza de chocolate y la llenaba de pan y lo comía luego como si
fuera un pastel o torta especial.
¡Durante meses hicimos lo mismo en nuestra casa!
Carolina tenía ese mismo hábito desde niña, al parecer era una cos-
tumbre chilota que copiaría de su madre. Lo hacía, sin embargo,
con pudor.
La cuestión es que había un amor inconmensurable, propio de la
gente humilde. Pero eso era solo el comienzo. Seguían luego los
juegos, que consistían en recorrer toda la casa y encaramarse luego
al techo y alcanzar los grandes cipreses que la rodeaban. En esos
techos se estaba en el paraíso, en el mismo cielo. Y estas ceremonias
duraban hasta altas horas. Al final partíamos con trozos de torta a
nuestras casas. Era la costumbre de mi tierra en esos tiempos.
Dieciséis años después –es decir, una eternidad– ocurrió el golpe
militar. Uno de los hermanos menores de Titín, Solano, fue per-
seguido por los mal llamados servicios de inteligencia, en realidad,
soplones y espías.
No se me ocurrió ir en su ayuda estando yo en Punta Arenas en ese
entonces.
Es mi eterna deuda con ellos. Un acto de omisión reprochable.
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La nieve cae y cae entre las ramas de serbales y cipreses.
Lenta y silenciosamente se visten de blanco las calles ocultando la
fealdad.
Pensé.
He sido cobarde. Alguna vez amé el halago y la mentira.
38
Cuando llegamos a vivir al Barrio Yugoeslavo de Punta Arenas, yo
tenía 11 años.
Frente a nuestra casa vivía Haydée. Pilla, le decían. Ella tenía unos
18 años y, evidentemente, no nos saludaba. Pilla era compañera de
Carolina en el último año del Liceo de Niñas de Punta Arenas. Sus
padres eran de la clase acomodada. En esa cuadra, era la única casa
que tenía vereda pavimentada o con pastelones. El resto de la cuadra
solo era tierra. Poseían una relojería en la arteria principal de la ciu-
dad, cerca de calle Colón.
Mucho después –unos18 años más tarde, cuando yo tenía 28 años–
Carolina me contaba las actuaciones que Pilla representaba en la
sala de clases del colegio, tales como sus desmayos, sus histerias, sus
ataques fingidos, etc. que utilizaba como excusa para poder salir de
la clase e ir al tradicional paseo de mediodía, esto es, caminar dos
cuadras por Bories desde Waldo Seguel hasta avenida Colón.
Era hermoso ver a la juventud pasearse en los días de invierno. Era el
lugar en que los jóvenes se ponían en vitrina. Ahí nacían las primeras
miradas, los primeros amores.
Pero el tema es la bicicleta. Carolina iba a buscar a Pilla para salir en
bicicleta. Recuerdo a Pilla con alguien. Nunca la vi en esas ocasio-
nes, pero adivinaba u olía su fragancia.
Tan lejanos e imposibles como un encuentro de Mercurio con Plu- tón.
Una tarde de enero del año 59, ya cerca de las 20:00 horas o más,
sentí el impulso de hacer algo diferente. Si bien era un adolescente
tranquilo de 14 años, supe en conversaciones con Juan –un amigo
del barrio de quien hablo más adelante– de un joven que era su com-
pañero en el Liceo de Hombres. Se llamaba Luis. De 18 años o más,
él tenía experiencias distintas en relación a niñas o fiestas, o algo así….