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Introducción

Publicado en 2021, Aguanieve explora temas de memoria personal, paisajes urbanos y eventos históricos, incluyendo la dictadura. Guillermo Fernández describe este libro como una obra que presenta la ‘paradoja de la gran literatura: cómo una obra profundamente personal y local puede ser simultáneamente universal’. El texto está impregnado de ‘calles, infancia, amores y amor,’ abriéndose desde un nivel íntimo, cuántico (subatómico) hacia ‘multiversos’. El libro transita por los ‘recuerdos más mínimos de un niño, vistos desde la mitad de la vida,’ y reconoce los apagones del alma. También aborda la ‘sensación de frío’ y encuentros con figuras como Sábato en su residencia en Santos Lugares, y la Gabriela Mistral de 1918 en Punta Arenas. 

A pesar de las muertes y exterminios de la dictadura, Fernández concluye que estos eventos ominosos jamás detendrán esta Aguanieve, lo que sugiere un tema de resiliencia perdurable. El libro invita al lector a su propio deshielo interior implicando un proceso de sanación o comprensión. Aguanieve parece sintetizar muchos de los temas anteriores de Riveros: la conexión íntima con el paisaje austral (el frío, la “aguanieve”), la exploración de la memoria personal (la infancia, las calles) y la confrontación con el trauma histórico (la dictadura, los exterminios).

La descripción de la obra como profundamente personal y local, pero simultáneamente universal, sugiere que Riveros continúa utilizando su perspectiva única desde el extremo austral para comentar sobre experiencias humanas más amplias. El deshielo interior implica que, al enfrentar estas memorias e historias difíciles, tanto personales como colectivas, puede ocurrir un proceso de comprensión y quizás de sanación, no solo para el poeta sino también para el lector. Esto se vincula con la idea de la poesía como un temporal o tormenta de paz implícita en el Poema del Cosmos.

Aguanieve representa una culminación madura del viaje poético de Riveros, donde la narrativa personal íntima sirve como un poderoso microcosmos para explorar grandes relatos históricos y la capacidad humana perdurable de resiliencia y comprensión frente a la adversidad. Subraya el potencial transformador de la poesía para navegar y reconciliar traumas pasados con la existencia presente.

AGUANIEVE

A mis nietas Emma y Amelia, 

a mis nietos Milan de Ximena 

y Milan de Nimia.

0

 

Fue el inicio de un proceso insondable. Cuando alguien comienza 

lentamente a transfigurarse, a convertirse en un ser distinto de lo 

que las apariencias hasta ese instante sugerían, marcan el inicio de 

la mayor aventura –cuestiones inciertas que han de llegar o que han de 

venir– a la que puede acceder un hombre. Como introducirse en 

una selva de la que nadie sabe si algún día saldrá o se perderá.

 

La transfiguración –más intuida que sabida en esa época– consistiría 

en asumir lo que siempre se había sido y que las diversas circunstan- 

cias y accidentes de la vida nos van haciendo olvidar.

 

Hasta antes de conocer a Carolina era un economista y, aunque 

había muchas señales, con una vocación intuida pero no asumida.

 

Entonces la metamorfosis consistió en recoger y estructurar los res- 

tos o residuos de alguien que sufriera una conmoción interior pro- 

funda luego de conocer a Carolina, y que impulsó un vasto proceso 

de descongelamiento y de resultados nebulosos e inciertos.

 

En efecto, cometí un acto inmoral frente al tiempo.

 

Así se podrían entender quizá las frases de Rimbaud en su segunda 

carta del vidente, a Paul Demeny, cuando dice: “Yo es otro, si el co- 

bre se despierta convertido en clarín la culpa no es en modo alguno 

suya”.

 

La experiencia de Rimbaud la ha vivido la mayoría de los hombres en 

todos los campos. Sin duda, todos han tenido su propia “temporada 

en el infierno”. Y, en especial, los escritores que se toman en serio.

 

A medida que el descongelamiento avanza, y la nieve se va tornando 

aguanieve, los paisajes que emergen desde los sustratos más íntimos 

de nuestro ser pueden revelarse desoladores al comienzo para luego

irse cubriendo de significados que irán explicando todo aquello que 

antes fue un sinsentido permanente.

 

Bajo el gran continente helado de nuestra intimidad, bajo nuestra 

banquisa personal, existen mundos, dolores y alegrías que quedaron 

sumidas bajo el hielo. Y esos nimios universos cuánticos operan y 

afectan nuestros actos cotidianos sin que nosotros tengamos con- 

ciencia cabal de ellos. Hay una dinámica del terror habitando en 

todos los mundos congelados, dice Gendlin. Y como al regresar so- 

bre las huellas de un náufrago, la palabra va nominando el círculo 

infernal de nuestra interioridad para construir esa obra de arte que 

es el hombre, al decir de Heidegger.

 

Y este descongelamiento se puede iniciar con el aumento de la tem- 

peratura interior que genera alguna pasión. Como el amor. Fue mi 

experiencia. Al elevarse la temperatura interior comienzan a irrum- 

pir territorios insospechados que permanecían encapsulados en 

mundos congelados.

 

El amor puede originar –¡ay, también el odio!– inmensas marejadas 

que suscitan, como todos los desastres naturales, una gran destruc- 

ción que devasta todo lo frágil y efímero haciendo luego –en un 

tiempo que puede ser una eternidad en esos mundos íntimos– res- 

plandecer o crear ciudades fantásticas en lo más hondo de nosotros 

mismos. Mundos que asegurábamos inamovibles terminan siendo 

devastados por la furia natural de nuestras pasiones.

 

El deshielo interno –la nieve transfigurándose en aguanieve y en 

agua– crea, como dije, desprendimientos de grandes bloques de hie- 

lo, generando al mismo tiempo enormes oleadas que, asolando todo 

a su paso, develan océanos que conectan la noche con las estrellas 

y el cosmos. Y ello ocurre luego que se han derretido esas inmensas 

capas de lágrimas congeladas de la que nos habla el Dante en el can- 

to 33 del Infierno.

 

Ya lo dijo Merleau Ponty, somos un mundo y lo somos en virtud de 

nuestro cuerpo. Éste, como una pirámide celestial o cósmica, oculta 

una infinidad de secretos y mundos congelados. Y es posible que 

algo o alguien impulse fortuitamente el proceso de cambio directa

o indirectamente. Y he aquí que, en la medida que nos internamos 

en nuestras propias selvas, el proceso obedece cada vez más a le- 

yes cuánticas ante la variación de aquellos mundos infinitamente 

pequeños, como un copo de nieve, que al deshelarse genera saltos 

cuánticos liberadores.

 

Porque, como diría Gendlin, en todo cuerpo humano hay alguien 

ahí dentro luchando por vivir la vida. Podemos desatenderlo, pode- 

mos hacer como que no escuchamos, pero alguien ahí dentro nos 

urge para que lo escuchemos. Y si bien al comienzo podemos no 

entender sus gestos, sus señales, lentamente iremos descifrando el 

enigma de sus actos.

 

Mi modo de iniciar ese camino fue producto de vagas intuiciones 

que decían que algo no estaba bien en mí. Y que había que salvar al 

náufrago.

 

Hubo lecturas importantes en ese período, tanto literarias como fi- 

losóficas. Solo quiero citar, por su enorme importancia, a los poetas 

César Vallejo y Emily Dickinson. Hay, por cierto, muchos otros de 

jerarquía capital que no nombraré.

 

Aunque debo precisar que en ese tiempo de 1975 en adelante hubo 

innúmeras lecturas. No había selección alguna. Un autor llevaba a 

otro y éste a otros de mayor o menor importancia. En medio de ese 

ruido confuso de gritos y voces, se tropieza con faros que uno apenas 

puede sospechar que necesita.

 

Se leen demasiadas cosas que, no obstante el asombro que provocan, 

no son perdurables y que el tiempo rápidamente corroe echando 

una capa de orín sobre ellos. Por cierto, es la búsqueda de la familia 

a la que uno pertenece. Pero ello lleva tiempo, dedicación y pacien- 

cia. ¡Y mucha paciencia! En ese recorrido se pasa junto a los grandes 

con no poca soberbia, otorgando gran atención a autores menores 

que parecían estar, en ese instante al menos, más cerca de nosotros. 

Y pasamos junto a los maestros velozmente sin detenernos en esos 

abrevaderos de enseñanza sobre el oficio de la escritura. ¡Es inevi- 

table! El ansia nos impulsa y abalanza sobre una vorágine de letras, 

desmereciendo, sin querer, lo importante.

 

Una lluviosa tarde de invierno de 1976, llegó Carolina absoluta- 

mente mojada. Sus cabellos destilaban. Pero ella sonreía. Con moti- 

vo de mi cumpleaños 31, me entregó un pequeño paquete. Lo abrí 

con recogimiento. Y al desenvolverlo aparecieron las Obras completas 

de Franz Kafka editadas en dos tomos por Editorial Planeta. Sin 

duda, el mejor regalo que me podían hacer.

 

Nada había leído de ese autor. Lo conocía solo por 

referencias. ¡Solo referencias del escritor más grande del siglo 20!

 

Eso ocurrió un día sábado. El domingo fuimos a los bosques de 

Denavi Sur en Talcahuano y, bajo los grandes eucaliptos, leímos las 

Cartas a mi padre. Ella llevaba un poncho verde claro y lucía hermo- 

sa. Yo estaba inmensamente confundido. Estaba oscuro. No tenía 

conciencia de cuán oscuro estaba, de la opacidad de mis actos, de 

mi discurso, de mis pasos.

 

No tenía conciencia alguna de la profunda depresión en la que me 

hallaba. El rompimiento con mi pasado, mi familia, mis creencias e 

ideologías. Vivía un quiebre total. Mis estructuras mentales e ideo- 

lógicas, mis sentimientos respecto de toda mi vida anterior, se de- 

rrumbaban en mi interior en un estrepitoso y universal silencio. Una 

horrenda destrucción. Como una casa envuelta en llamas mientras 

miraba atónito el derrumbe de los escombros. Y yo no era ni siquie- 

ra el espectador sino alguien que oía lejanamente los sordos ruidos 

de un sismo colosal. No sabía lo que ocurría. Los únicos síntomas 

sensibles eran una hiperestesia que se manifestaba en apagadas lágri- 

mas que brotaban sin justificación aparente.

 

Carolina sabía o intuía mucho más. Soportaba esa atmósfera incle- 

mente y con mayor madurez que yo.

 

En esa atmósfera comencé la lectura de El castillo. De acuerdo con 

la soberbia propia de los neófitos, abordé esa obra dejando de lado 

lo que consideré eran atajos, i.e., las obras previas como La condena 

y otros cuentos, sus relatos breves y El proceso. Ciertamente ocurrió 

lo que era obvio. No entendí nada. Mientras recorría las primeras 

páginas de El castillo me extrañaba la simpleza de la prosa y que, en 

realidad, no narraba nada. Pero, me dije, ¿qué hay de significativo o

importante en estas páginas? ¿Cómo pueden decir algunos que esto 

es una gran literatura? ¿Qué hay aquí que verdaderamente importe? 

Y avanzaba. Y continuaba con ese sabor a nada. Junto al calentador 

a parafina continuaba mi lectura mientras un universo de agua caía 

implacablemente.

 

Por cierto, yo presumía entender a Kafka. Pero un lector, y más aún 

un escritor incipiente, nunca debiera presumir. Ello solo lo conduce 

a la ceguera.

 

La prosa simple y llena de sentido de K. se me revelaría –y sin pre- 

sumir ahora una comprensión total que solo se va desplegando en 

el tiempo– unos dos años después. Y cuando el engreimiento quedó 

reducido a nada, el mundo de K. comenzó a iluminar vastos secto- 

res de la realidad propia y de la sociedad. Para llegar a la verdadera 

comprensión de K. había que comportarse como el agua. Quedarse 

quieto en los niveles más bajos de la significancia. Y luego, como 

el agua, amoldarse y asumir lo que uno era. Un pozo menor en el 

ámbito de océanos mayores. Y había que asumirlo. Yo solo era como 

el agua de las charcas.

 

¡Oh, la soberbia! Como la presunción del novato que cree podría 

escribir la Comedia en un par de semanas.

 

Vendrían luego días de mayor lucidez y de auténtica humildad. 

 

Los procesos vitales son evasivos.


Así estaba cuando me autoexilié en Punta Arenas el año 78. 

 

¿Cómo funcionó en mí esta búsqueda?

 

Caminando por la ciudad de los vientos, de la nieve y de los hielos. 

Renaciendo en la ciudad que me vio nacer. Un errante, alguien que 

merodea por los suburbios, sin rumbo, un tanto desamparado y con 

la remota esperanza de ‘otra vez no encontrar nada’. Quizá ‘perder el 

tiempo’ o perderse en el tiempo buscando algo que no se sabe qué 

en medio de la multitud. Pero en PA no hay bulevares ni pasajes –

¡esos pasajes caros a Benjamin!– solo unos tímidos callejones que 

se recorrían en un par de minutos. Es curioso cuando se piensa en

ello. Una ciudad que sugiere y clama por esos corredores o bulevares 

tibios en el centro de la urbe. Para andar los bulevares interiores. 

En ese tiempo, solo en la zona franca se podían observar esas gale- 

rías con innumerables tiendas llenas de mercaderías prescindibles, 

de opulencia, comodidad y patios de comida. La ostentación de la 

misma burguesía comercial de calle Bories y su entorno. Pero ese 

paseo comercial está relativamente alejado del centro.

 

Como vagabundo no buscaba la soledad de la multitud. No había, 

no hay multitud en PA. Sí eran multitud los espectros que me ace- 

chaban en las calles. Buscaba lugares, sitios, marcas de la naturaleza, 

en parques, avenidas, árboles y casas, señas que alguien me dejara en 

el pasado. O tan solo una huella que me condujera al tesoro perdido. 

Y la plaza, era el lugar de residencia principal de aquella multitud 

de fantasmas.

 

En suma, como en Baudelaire, un flâneur que amaba la soledad en 

la multitud.

 

Así, un hombre caminaba por la ciudad en compañía de una mujer 

fantasma bajo la noche inmensa de lunas. Caminando, casi tomados 

de la mano y nominando todo lo que me rodeaba, con tristeza a 

veces, con alegría otras.

 

Y lenta e imperceptiblemente me fui internando en el bosque.

 

1

 

Punta Arenas es una ciudad hermosa. En 1978 me recibió como a 

un hijo que se había perdido, sonriéndome en medio de la nieve. Y 

como una madre dispuesta a contestar mis preguntas y restañar mis 

heridas.

 

Sospechaba que todo esto era aparentemente inútil. Que no tenía 

mucho sentido recorrer y oír los acordes o incoherencias del pasado.

Pero aquí estaba vagando solitariamente por las calles de mi ciudad. 

Solo después comprendí la necesidad del deshielo.

 

Miré las aguas del Estrecho y la inmensidad de sus olas. La sinfonía 

de su oleaje, como en la Séptima de Sibelius, una inmensa marejada 

que devastaría mis débiles cimientos.

 

Y hablo de la música porque ella ha sido una compañera desde que 

comenzó la transformación. Debo mencionar la omnipresencia de 

Brahms y su Concierto para violín con su gran poder evocador en 

la construcción de mundos insospechados y remotos cuando se acti- 

van involuntariamente los recuerdos. Como sobrevolar una extensa 

llanura de infinitos árboles, plantas, aves y retazos y anfractuosidades 

que, como efigies y enigmas de la infancia y de todo lo pasado, bajo 

caparazones de hielo palpitan en la profundidad de nuestros corazo- 

nes. Mi padre gritando en medio de la nieve, o instruyéndome a la 

orilla del mar de Caleta Banner, o mi madre cocinando en silencio, 

o las expresiones del rostro de Mónica la primera vez o de Carolina, 

o las excursiones en los bosques, pendientes y colinas tras las frutillas 

en PA. Todos universos pequeños que constituyen un multiverso de 

fragmentos conocidos y otros desconocidos u olvidados.

 

Son los recuerdos que la música libera. Sueños encriptados en las 

profundidades de la infancia de calle Talca cuando escucho Nimrod 

de Elgar y que desatan tristemente la pequeña prisión de Felipondio 

en esos largos atardeceres. O la súbita aparición de Mónica ante el 

piano en la fría tarde de un invierno interminable mientras teclea los 

acordes de la “Danza eslava” 16 de Dvorak o al escuchar las “Can- 

ciones que me enseñó mi madre”.

 

Nada nuevo, por cierto. Ya lo dijo Proust detalladamente a lo largo 

de su obra al reflexionar sobre la “Sonata de Vinteuil” y los recuer- 

dos de Swann y de Marcel.

 

Mucho, mucho después tendría el privilegio de vislumbrar –al me- 

nos en alguna medida– las fronteras del infinito para llegar a Mo- 

zart.

 

2

 

Esto no es fácil.

 

Mónica y yo vivíamos en PA, a una cuadra de distancia. A los 15 

años la recuerdo en la ventana de su casa junto al río. Luego, a los 

17 años, comenzó nuestra relación, que al cabo de seis años culminó 

en el casamiento.

 

Ella había terminado sus estudios universitarios de enfermería en la 

Universidad de Chile en Santiago, y yo cursaba el tercer año de inge- 

niería en Concepción. Ella financió mis últimos años de estudio. Me 

apoyó en todo. Me titulé. Y al cabo de 5 años teníamos cuatro hijos.

 

Recuerdo con ternura su belleza el día del matrimonio. Su piel blan- 

quísima, su pelo muy negro, sus dientes blanquísimos. Fue un día 

de invierno en una parroquia del centro de Santiago y que años 

después reconocí junto al cerro Santa Lucía. Una pequeña fiesta fa- 

miliar. Unos boletos de bus esa misma noche al sur. Sería la prime- 

ra vez que estaríamos realmente solos. Llegamos muy temprano a 

Concepción y nos fuimos a casa de mis padres, quienes se habían 

quedado en Santiago. Como a las 11 horas de ese primer día juntos 

en agosto de 1967, fuimos a un supermercado donde se oía como 

música de fondo el “Amor es azul” con Paul Mauriat. Era un azul 

angustioso, no obstante, y que tendía a ensombrecerse.

 

Mónica llevaba un abrigo color verde petróleo. Una mujer de pocas 

palabras, estoica y buena administradora de la hacienda hogareña. 

Tenía, por desgracia, una confianza excesiva en mí.

 

En marzo del 69, luego de nacido nuestro segundo hijo, arrendamos 

una casa en calle Maipú, que resultó ser un garaje habilitado. Abun- 

daban las lauchas que subían por las cortinas. Pero Mónica jamás 

reclamó. Nunca hubo un lamento de su parte por las condiciones 

más que precarias en las que vivíamos. Aceptaba las condiciones sin 

protestar. Mujer de grandes y silenciosos sacrificios.

 

Una noche de invierno de ese 1969 sufrió dolores vesiculares. Si- 

guiendo los dictados de su profesión de enfermera, me dijo imper-

turbable: “Quédate con los niños. Yo iré al Hospital Regional”. Y 

partió como a las 11 de la noche. Al otro día me enteré que se había 

operado de la vesícula. No recuerdo haberla ido a visitar.

 

Esa tarde fui a un cine del centro.

 

Ahora, en perspectiva, cuando al inicio del año 1974 se podía pensar 

en iniciar una fase de preocupación por nosotros mismos, yo –casi 

abruptamente y sin una conversación profunda– decidí abandonar- 

la, so pretexto de comenzar una nueva vida en la que ella no tenía 

cabida.

 

Creía tener aparentemente todo pero, en realidad, no tenía ni si- 

quiera un territorio interior sólido, sino solo arenas movedizas.

 

No tuve conmiseración alguna. 

 

Y sin más abandoné el hogar.

 

3


También en el infierno nieva.

 

4

 

Había comenzado a trabajar en abril de 1970. Al quedar cesante a 

fines de ese año, Mónica se contactó con su familia de Punta Arenas 

y, ante una vacante en la sede de la Universidad Técnica del Estado, 

decidimos trasladarnos a nuestra ciudad natal.

 

Viajé en marzo de 1971. Ella llegó en abril.

 

El 71 nació nuestro cuarto hijo. Nuestra relación se deterioró pro- 

ducto de nuestra inexperiencia y juventud. Como una enfermedad 

silenciosa, solo se manifestó en el trance final.

 

Nuestra casa era helada. Ambos trabajábamos.

 

Y todo terminó en abril de 1974.


Partí a trabajar a la Universidad de Concepción. 

 

Mis hijos eran muy pequeños.

 

5

 

Los paseos por la ciudad del 78 eran cotidianos.

 

Pero en ese tiempo yo sentía menos frío que hoy. De alguna manera 

tenía mayor resistencia al frío y al hielo. No tenía conciencia de que 

el frío interior era aún mayor.

 

Me paseaba también con más naturalidad, con menos angustia y contemplaba 

más pacíficamente los árboles y los rincones. Disponía 

de todo el día para mí. Y leía.

 

Por las noches pasaba, con relativa frecuencia, mi amigo Manuel, 

tocando los vidrios nevados de mi ventana, para que le hiciera com- 

pañía en sus visitas a la casa de su novia.

 

Mientras él jugaba a las cartas, yo dormitaba en un sillón. Así pa- 

saban las horas, hasta que regresaba a la casa en que arrendaba una 

pieza. La dueña de casa, Yolanda –una viuda de unos 60 años 

en ese tiempo–, dormía en una pieza frente a la mía. A veces llegaba a 

la casa un amigo de la Sra. Yolanda. Eran noches inolvidables para 

ellos en medio de manifestaciones eróticas que me hacían sonreír 

en la soledad de mi habitación. Recordaba el cuento de Juan Emar.

 

Mis necesidades eran muy elementales: habitación, alimento, hábi- 

tos de aseo y lectura. Mis ingresos eran sumamente precarios y los 

obtenía mediante algunas clases que dictaba. No obstante aquellas 

restricciones materiales, me embargaba una sensación de limpieza 

interior cada vez más creciente. La atmósfera de pureza y riqueza 

interior que emanaba del libro Soledad de Byrd impregnaba todos 

mis actos. Poco a poco uno se va convirtiendo en un niño o va re- 

cuperando la inocencia perdida, es decir, una mirada ingenua y sin 

dobleces, esa capacidad de fascinación de alguien que está descu-

briendo el mundo. Son pocos los hombres que recuperan la inocen- 

cia perdida, y menos aún los que la recuperan en procesos sucesivos.

 

Y menos todavía son aquellos que acceden a una segunda ingenui- 

dad como en Mozart, que se manifiesta cuando el artista se encuen- 

tra con una idea divina e infantil al mismo tiempo, una idea de 

aquella segunda ingenuidad de la que son capaces solamente la ma- 

durez y la maestría. Y el resultado es el K. 515, e.g. Por cierto, yo es- 

taba infinitamente lejos de eso. Solo vislumbraba un posible estado 

de limpieza en medio de la catástrofe general.

 

Miraba con mayor piedad a los hombres y sus cosas cotidianas y 

problemas. Visto de otra manera, era yo el que comenzaba a recon- 

ciliarse consigo mismo mientras el gran deshielo se iba produciendo. 

Reía con ganas de las bromas de Manuel. La suave brisa o el leve mo- 

vimiento de una rama bastaban para emocionarme profundamente.

 

La única obsesión eran las cartas de Carolina que iba a buscar dia- 

riamente a la casilla del correo. Pero sus cartas, por cierto, no eran 

demasiado frecuentes. Su letra menuda y ordenada semejaba peque- 

ñas aves volando sobre un océano o veleros levemente inclinados 

por el viento.

 

Todavía no eran los tiempos del correo electrónico. La carta repre- 

senta un sacrificio mayor de dedicación y tiempo y amor.

 

 

…….Hombre modesto, seguramente chilote, tenía un carretón con ca- 

ballo. Un día nos invitó a subir en su carro a dar un paseo por la 

manzana. ¡Qué inolvidable sensación la de ir arriba de ese carretón 

oliendo el sudor del caballo mientras recorríamos el barrio! Íbamos 

en una nave espacial…..

 

 

11

Los días que precedían a la navidad en mi ciudad eran particular- 

mente íntimos.

 

Las brisas de diciembre removían el polvo de las calles y pequeños 

remolinos recogían hojas, envoltorios de celofán y otras cosas menu- 

das. Nada extraordinario. Todo era absolutamente normal mientras 

se limpiaban las calles.

 

Me producía algo inexplicable, como un rito mágico que la brisa 

me dedicaba, algo como la búsqueda de un orden en mi incipiente 

caos de niño.

 

Parecía que las noches no llegaban sino que eran una sucesión inter- 

minable de auroras.

 

Como una limpieza interior. Como cuando caía la nieve en las no- 

ches de invierno bajo los faroles.

 

12

 

Como decía el emperador Augusto a sus oficiales, lente festinans, 

habité el bosque de mi ciudad para cumplir con la misión que me 

había encomendado, i.e., operar con el recuerdo sobre los bloques 

de hielo. Y he aquí, entonces, mi gratitud a la tierra que me vio na- 

cer una vez más.

 

Así, obstinado, con apresurada lentitud, me fui en busca de las hue- 

llas primigenias y me interné en la selva.

 

13

 

Víctor Aguilar, auxiliar del Liceo de Niñas, era hermano de Armando.

 

En 1957, la Sra. Nora, esposa de Víctor, nos invitó al décimo cum- 

pleaños de su hijo Titín, el mayor de varios hermanos. Ya vivíamos 

en Jorge Montt.

Faltan palabras para describir esos cumpleaños. La casa de Titín es- 

taba en Lautaro Navarro entre Valdivia y avenida Colón.

 

Una mesa llena de los más variados dulces, kuchenes, tartas, tortas, 

helados, gelatinas, pasteles y las infaltables tazas de chocolate con 

leche. Y los gorros de cumpleaños y serpentinas.

 

Y el grito de recibimiento cariñoso de doña Nora: ¡Ahí vienen los 

chicos Riveros! Como si nosotros fuéramos el alma de aquellas cele- 

braciones. Así era en ese entonces. Comíamos hasta hartarnos. No 

había dulce que no devoráramos tres o cinco veces. Titín tomaba 

una taza de chocolate y la llenaba de pan y lo comía luego como si 

fuera un pastel o torta especial.

 

¡Durante meses hicimos lo mismo en nuestra casa!

 

Carolina tenía ese mismo hábito desde niña, al parecer era una cos- 

tumbre chilota que copiaría de su madre. Lo hacía, sin embargo, 

con pudor.

 

La cuestión es que había un amor inconmensurable, propio de la 

gente humilde. Pero eso era solo el comienzo. Seguían luego los 

juegos, que consistían en recorrer toda la casa y encaramarse luego 

al techo y alcanzar los grandes cipreses que la rodeaban. En esos 

techos se estaba en el paraíso, en el mismo cielo. Y estas ceremonias 

duraban hasta altas horas. Al final partíamos con trozos de torta a 

nuestras casas. Era la costumbre de mi tierra en esos tiempos.

 

Dieciséis años después –es decir, una eternidad– ocurrió el golpe 

militar. Uno de los hermanos menores de Titín, Solano, fue per- 

seguido por los mal llamados servicios de inteligencia, en realidad, 

soplones y espías.

 

No se me ocurrió ir en su ayuda estando yo en Punta Arenas en ese 

entonces.

 

Es mi eterna deuda con ellos. Un acto de omisión reprochable.

 

14


La nieve cae y cae entre las ramas de serbales y cipreses.

 

Lenta y silenciosamente se visten de blanco las calles ocultando la 

fealdad.

 

Pensé.


He sido cobarde. Alguna vez amé el halago y la mentira.

 

 

38


Cuando llegamos a vivir al Barrio Yugoeslavo de Punta Arenas, yo 

tenía 11 años.


Frente a nuestra casa vivía Haydée. Pilla, le decían. Ella tenía unos 

18 años y, evidentemente, no nos saludaba. Pilla era compañera de 

Carolina en el último año del Liceo de Niñas de Punta Arenas. Sus 

padres eran de la clase acomodada. En esa cuadra, era la única casa 

que tenía vereda pavimentada o con pastelones. El resto de la cuadra 

solo era tierra. Poseían una relojería en la arteria principal de la ciu- 

dad, cerca de calle Colón.


Mucho después –unos18 años más tarde, cuando yo tenía 28 años– 

Carolina me contaba las actuaciones que Pilla representaba en la 

sala de clases del colegio, tales como sus desmayos, sus histerias, sus 

ataques fingidos, etc. que utilizaba como excusa para poder salir de 

la clase e ir al tradicional paseo de mediodía, esto es, caminar dos 

cuadras por Bories desde Waldo Seguel hasta avenida Colón.


Era hermoso ver a la juventud pasearse en los días de invierno. Era el 

lugar en que los jóvenes se ponían en vitrina. Ahí nacían las primeras 

miradas, los primeros amores.


Pero el tema es la bicicleta. Carolina iba a buscar a Pilla para salir en 

bicicleta. Recuerdo a Pilla con alguien. Nunca la vi en esas ocasio- 

nes, pero adivinaba u olía su fragancia.


Tan lejanos e imposibles como un encuentro de Mercurio con Plu- tón.


Una tarde de enero del año 59, ya cerca de las 20:00 horas o más, 

sentí el impulso de hacer algo diferente. Si bien era un adolescente 

tranquilo de 14 años, supe en conversaciones con Juan –un amigo 

del barrio de quien hablo más adelante– de un joven que era su com- 

pañero en el Liceo de Hombres. Se llamaba Luis. De 18 años o más, 

él tenía experiencias distintas en relación a niñas o fiestas, o algo así….