AZAR
I
¿Fue suerte o azar
lo que pudo haber sido de otro modo?
El encuentro de dos canoas en el océano cósmico.
¿En qué escala lo puedes medir o visualizar?
Para Carolina
el infortunio sería lo que bien pudo ser de otra forma.
Pero a medida que se amplía el universo,
podría ocurrir que tal accidente
fuese necesario en vista de otros móviles,
tales como aquellas decisiones o necesidades de los poderes mayores
que tienen en mente otras cuestiones,
otros desvíos y otras estaciones.
Que tú y yo nos encontráramos
pudo ser una suerte para nuestra intimidad
pero pudo ser una necesidad
si admitimos un horizonte más amplio y distinto.
Había algo que era necesario,
y que tú y yo ignorábamos,
y que era absolutamente preciso
por ejemplo, que tú o yo lleváramos a cabo.
Había entonces que lanzar los dados.
Y eso no hubiera sido posible
si hubiera dependido solamente de mí.
II
Pero aún así
tampoco la suerte o el infortunio abolió el azar.
En tinieblas,
todo se ha cumplido perfectamente en nosotros.
El azar,
esas interjecciones inconexas del destino, según el danés,
algo así como un juego celeste de los principios históricos,
o una gran fiesta al interior de las épocas,
como el hórrido juego de los mayas.
¿Por qué Aníbal no destruyó Roma?
¿Por qué se despejó el nublado cielo de Hiroshima
esa mañana infausta de agosto?
Si el azar y la suerte misma son inevitables,
y lo imprevisible se halla actuando
en la propia esfera atómica,
y si interviene Dios en las minúsculas fisuras de las leyes del azar,
en las mínimas fracturas de nuestro corazón,
en las leyes microscópicas,
válidas en lo más recóndito y mínimo del pensamiento,
de las cosas o de la materia.
¿Por qué?
Si el genuino azar,
cuyas leyes permiten microscópicamente
la posibilidad de que algo o alguien
ingrese en las potestades de lo necesario.
¿Por qué?
¿No tiene entonces el azar
parte importante en el gobierno del mundo?
¿Cómo evitar la tristeza, Milena
y arrojar una canasta de cerezos al universo?
¿Cuánto de azar,
de encadenamientos imprevistos,
sutiles,
o, en fin, cuánta suerte
hubo en lo íntimo de cada suceso?
¿Cuánto azar hubo en cada abrazo
en cada caricia
que ahora admitimos como necesario?
Pero
¿No fue completamente fortuito, dice el danés,
una suerte que Homero hallase en la guerra de Troya
el más extraordinario de todos los temas épicos?
¿Acaso no fue una suerte el encuentro
de Mozart con el libreto de Da Ponte?
¿No fue afortunado Einstein aquella noche
en que desde su bus,
y perdida toda esperanza,
volviera la cabeza hacia el reloj de Berna?
¿O la muerte de Tycho
para las leyes de Kepler?
¿O la peste en Cambridge
para Newton?
¿No hubo acaso suerte
el día en que nos encontramos?
¿No fue aciago ese día de agosto
para que el viento soplara directamente sobre la ciudad de Pompeya
arrojando todo el magma y cenizas sobre ella?
¿Y los encuentros,
los reiterados encuentros de Larisa y Zhivago?
¿Y la huerta, oh dioses? ¿Y los árboles?
Aún la estoy viendo en la biblioteca de Varykino.
Si todo pensamiento envía un lanzamiento de dados, Stephane,
entonces, desde el inicio,
cada verso o nota o pincelada
quién sabe en qué puerto desembocará
o en qué lejano paisaje se difuminará.
Quizá en un naufragio, Esteban,
o en las capitulaciones más audaces
o más avaras del azar.
Entonces, perfectamente un coup de dés
podría ser el encuentro fortuito de un paraguas y una máquina de coser
o de un mirlo y una estrella
o del viento que asola los analfabetos jardines del corazón,
mientras chisporrotea una página,
un pentagrama
o un telar en blanco.
Y si la suerte coincide exactamente con el azar
entonces Larissa y Naomi, o María y Milena
y la pajarilla aquella de la catedral
o el viento que despejó Hiroshima
o aquel otro que hizo sepultar a Pompeya,
podría cambiar la historia entera.
¿Por qué no quiso el hado que el César
atendiera las innúmeras señales de su destino?
¿Cómo no atendió los sueños de Calpurnia?
Pero, hermanos,
no sólo un azar sino la reiteración ominosa del azar,
de la insistencia,
como un gesto desesperado,
como una señal lanzada desde lo alto,
o desde la sima de la realidad hasta la leve orilla humana.
Una partida de ajedrez cósmico en que el Rey jamás muere,
un Comandante que posee todas las respuestas
para los nanomovimientos del cosmos,
hasta de los infrahumanos movimientos del universo.
Necesario como la luz en el cosmos,
el azar permite que seres como tú o yo se hagan una mera seña,
mientras la barca ondea en el infinito corazón del océano
antes de desaparecer para siempre.
Esos presentimientos,
como leves ecos del azar,
son las únicas señas en nosotros
de procesos necesarios
y cuyas leyes ignoramos.
Como una mano tañendo un teclado inmenso
y que de pronto pulsa una tecla en falso,
y permite que cambie vertiginosa toda la faz del universo.
El azar de Monod o de Pascal
impera en todos los órdenes
con más frecuencia de lo que nos placería aceptar.
Examina los detalles diarios de tu vida
y verás cómo destella microscópicamente
en cada uno de tus movimientos.
Irradia
tras el último átomo de incertidumbre
que palpita en el corazón de todo lo que existe.