CARTA DE LLUVIA DESDE EL DESIERTO

CARTA DE LLUVIA DESDE EL DESIERTO

PARA JORGE TEILLIER

Juan Pablo Riveros

En una tarde húmeda me dijiste: Todavía crees en el amor.


Luego bebiste lentamente de tu copa.


Yo sentí miedo. Era una noche lluviosa de hace varios años en nuestro

Concepción del sur. Te recuerdo con absoluta precisión, como quien se detiene

ante el retrato de un ser querido que te grita a través de años luz de silencios, o

como quien recuerda una grieta incomprensible o se recuerda un golpe aleve en

público.


No, no muchas palabras. Algunos versos de Rimbaud dichos a medialengua, y

otros de la Décima Elegía de Duino, en alemán.


                                  Dass ich dereinst, an dem Ausgang der grimmigen Einsicht,

                                  Jubel Ruhm aufsinge zustimmenden Engeln.


Pocas palabras que tú, casi obsesivamente, repetías a intervalos, durante el

solitario juego de la inocencia: este aire que entra a nuestros sótanos ciudadanos y

que, como perros entumidos, amenazan desde su caseta al témpano flotante de la luna.


La poesía, Jorge, ese juego inocente de Hölderlin, que tanto gusta celebrar la feria

del mundo y que, sin embargo, tanto postergan a la hora del denario. La poesía,

aquella senda que conduce a lo Lejano, como una invitación al viaje. No a ese viaje

turístico alrededor del mundo, dijiste sonriendo. Se trata del itinerario que nos lleva a

nosotros mismos y que nos conduce a nuestro pueblo, a nuestras alegrías, a

nuestros júbilos y tristezas, a la infancia, a nuestras grandes despedidas,

despiadadas. Y todo como preparación –como si valiera, en realidad, alguna

preparación- para la Gran despedida hacia el Gran Viaje.


Es extraño, pero dijiste esas cosas muy lentamente, entre silencios enormes.

Extraño pues no conozco a ningún poeta que este más lejos de la cátedra que tú.

Vas con tu carpeta de versos bajo el brazo, caminas en medio del mundo, de las

modas y las parroquias poéticas, con tu mente abstraída por cuestiones más

recónditas, más fundamentales. No hay ni el más mínimo sentimiento de orgullo

o de soberbia en esa actitud tuya: eres el único poeta que conviene conocer vivo.


Esa noche llovía torrencialmente. El bar estaba lleno de gente simple, sencilla

como una gota de nieve en tu bufanda negra. Gente para la cual la poesía

simplemente existe y que la ocultan tras las cosas personales y las preocupaciones

cotidianas. Hombres que se alejan en silencio de lo efímero y con más

expresiones de júbilo que de tristeza. Sin duda, algunos de ellos, lejos de los

centros reproductores del dinero –lejos de los orgasmos financieros- podrían

tranquilamente exclamar contigo:


                                  Daría todo el oro del mundo

                                  para sentir de nuevo en mi camisa

                                  las frías monedas de la lluvia.


Tu poesía, escrita en todos los bares de este país –bebiendo para no olvidar-

germina en el lento molino interior durante décadas. Porque tus versos no son

sentimientos sino experiencias y constituyen el testimonio fidedigno de tu viaje

hacia las montañas del dolor primigenio, a cuyos pies brota la fuente de la alegría

permanente. Versos que nos llevan a la patria verdadera.


                                     No dejes que lo que fue tu infancia, esta fidelidad

                                     innombrable de los celestes, te sea revocada por el destino.


Ahí están los recorridos por el mítico Lautaro, lejos de la academia y del oropel

de la inteligencia y más aún, de los mormones del oro menor. Has sido fiel a los

pozos luminosos del niño, a los trenes del Sur, a las perdices, al cruel olor a

glicinas, a esta lluvia y a las minas de otras primaveras.:


                                     Voy hacia un pueblo donde nadie me espera

                                     por un solitario camino rural

                                     a fines del verano.


¿Es que nadie nos espera en algún pueblo? ¿Existe siquiera un pueblo? Esos

versos definen tu itinerario poético. Caminas por un solitario camino rural en

medio de demasiada urbanidad. Vas hacia el País mayor donde dicen que

tenemos todos los derechos, donde todo permanece inalterado e indeleble,

rodeado del misterio de lo inconcluso, cuando ninguna posibilidad es ya posible.

Yendo hacia aquello que no acaba nunca de ocurrir, donde somos ciudadanos

con derecho a trenes, estaciones, nieves y árboles agotados de lluvia: nuestros

dominios perdidos.


Y no como quien pierde un paraíso – Oh, mi pasado infantil, muñeco que me rompieron-

sino como alguien que busca el rastro de la unidad perdida u opacada de nuestra

existencia, en los primeros instantes de cuando fuimos arrojados. Nuestra

infancia, como dominio indefenso, territorio sobre el que se ciernen todas las

amenazas, el desamparo y la peligrosidad esencial de la vida:


                                     …sin defensa,

                                     está como nosotros, como los animales en invierno, sin defensa,

                                     Más indefensa pues no conoce escondrijos. Sin defensa

                                     como si ella misma fuera lo inminente. Sin defensa,

                                     como un incendio, como un gigante, como un veneno,

                                     como algo que nos envuelve.


La infancia que no conoce los mecanismos de fuga de la adultez, es el estado de

indefección máximo y, no obstante, es el estado que está más próximo a lo

primigenio, a lo original: solo en la infancia se puede ser verdaderamente

auténtico. Pero, Jorge


                                    Pensar nisto faz frio, faz fome duma cousa que se nao

                                    Pode obter

                                    Dá-me nao sei que remorso absurdo pensar nisto.


Llueve. Los parroquianos vacían sus copas. Tu nombre está escrito en la nieve de

los cristales. Una cabaña resplandece en el bosque nevado: Una luna silba inmóvil

sobre los ñires en un espacio absolutamente habitado por los desérticos

resplandores de la nieve. Un tren silencioso se aleja con su traqueteo, y los

vagones corren con sus ventanas iluminadas hacia a la tierra madre del sur. Un

niño arrastra a un hombre hacia una aventura mayor, hacia el mínimo

archipiélago de los panes.


Hay un tren, Tellier, que está desesperadamente listo para partir. Pero hablas otra

vez y, como siempre, de la Jolie Rousse, de aquel poema fotocopiado que diste

aquella tarde. Y revives sus versos


                                  Vous dont la bouche est faite a l´image de celle de Dieu

                                  Bouche qui est l´ordre même

                                  Soyez indulgents quand vous nous comparez

                                  A ceux qui furent la perfection de l´ordre

                                  Nous qui quêtons partout l´aventure

                                  Nous ne sommes pas vos ennemis

                                  Nous voulons vous donner de vastes et d´étranges domaines

                                  Ou le mystere en fleurs s´offrre a qui veut le cueillir

                                  Il y a là des feux nouveaux des couleurs jamais vu

                                  …

                                  Pitié pour nous qui combattons toujpurs aux frontières

                                  Pitié pour nos erreurs pitié pour nos pêchés


Ahí está la esencia, dijiste, esa es la Isla del Tesoro que buscamos sin más mapa que el que

nos entregaron cuando nos arrojaron al mundo, pues


                                 Quizá estamos aquí para decir: casa,

                                 puente, cisterna, puerta, cántaro, árbol frutal, ventana,

                                 a lo sumo columna, torre…pero decir


Estoy mirando gigantes que se pasean por playas solitarias. Hay buganvilias de

estrella en estrella, y catedrales que cuelgan de los árboles lunares. Hay infinitas

ganas, Jorge, de caminos, de bergantines, de piratas.


                                 Adelántate a toda despedida

                                 Como si quedara tras de ti.

                                 Como el invierno que justamente se aleja.


Yo, pulgarcito perdido en estos bosques ciudadanos –Mais riez riez de moi, hommes

de partout surtout gens d´ici- busco las migas que has ido dejando –car il y a tant de

choses que ye n´ose vous dire- como mapas –tant de choses que vous ne me laisseriez pas

dire-, para llegar hasta este escándalo del mundo.


Ayez pitié de toi, de moi.






Arica, septiembre de 1994