COSMOS I
Y hay grandes vientos, maestro,
y cánticos
y aldeas primordiales que estallan
en medio de explosiones colosales.
Y larvas niñas,
menudos brotes
y cogollos de estrellas infantes
en la esquina,
en las puertas mismas del cosmos,
y muchas otras cosas muy terribles.
Hay ruidos,
seres que corren velozmente,
y silbos
y gritos,
y cuchicheos celestes
y cuestiones, maestro Scardanelli,
aterradoramente hermosas
pero
no malignas como acá.
Hay una algarabía silenciosa
y alguien que conversa con todos
sin que prevalezca jerarquía alguna
más que la que proviene del poderío natural de la materia.
Imperan leyes inmorales,
con una ética primigenia,
sin la más mínima preocupación por la bondad
o la malignidad humanas.
Colisiones,
chispazos y oscuridades interminables
vienen desde la última fracción del segundo más remoto.
Nace el Universo
y muere
y renace interminablemente.
Evoluciona la materia
en batallas inmisericordes;
y ejércitos de partículas destruyen
cúmulos y galaxias completas.
Colapsa todo
natural y simplemente
sin que nadie
pronuncie una palabra
o haga el más mínimo gesto de reproche.
La creación avanza,
asola el Universo,
con auténticos vítores materiales.
Y todo, maestro, es sencillamente limpio,
como tu primer beso,
como la caricia primera de tu madre,
y puro
como tu dedo pintando el último adiós
sobre el Neckart.
Cualquier nacimiento,
cualquier hecatombe es un canto inmenso.
No hay una sombra,
ni una gota de hipocresía.
Cualquier reconocimiento
resulta absolutamente innecesario.
(Una luz
recorre silenciosamente
los jardines cósmicos en plena creación).