CUERVOS VOLANDO SOBRE EL TRIGAL

CUERVOS VOLANDO SOBRE EL TRIGAL

Pero yo no sé si ellos
                            van o vienen.


Sé que aletean
eternamente suspendidos
sobre una desesperanza tan clara,
tan tranquilamente lúcida,
tan simple
como una guillotina en el borde de tu alma,
y tan sencilla
que parece casi un apacible paseo a la hora nona
justo antes de que llueva por toda la eternidad.


Pero no hablamos de la lluvia.


Se trata del estado posterior a todo desengaño,
el instante supremo de la pérdida total,
sin apelación
donde no hay ni un dios ni un ángel
en el infinito mundo que te salve.


          Es ese recodo en lo alto del camino
          cuando centellea en tu corazón la incertidumbre esencial
          y, entonces, sabes, de inmediato,
                                                   obedientemente

                                                                              que todo terminó,

que aquello se ha perdido para siempre,
condenadamente siempre,
en un horizonte lúcido e irreparable.


Es la percepción nítida de lo terrible,
de lo ignominioso,
de los amarillos cuervos sobre los negros trigos.


Cuando los senderos desembocan y se desbocan
en un cangrejo de nubes blancas,
en crustáceos que copulan con los cuervos
o con todos los mirlos del mísero cosmos.


Cuando alguien te dice: Nunca más,
y es entonces el pavor,
la lápida,
la desolación definitiva en que se convertirá tu vida.
          Todas tus cósmicas vidas.


Entonces
el cielo es un gran cuervo negro que sobrevuela tu escasa alma.


Desde muy lejos,
unos ojos furiosos miran desde lo alto
a un hombre que agoniza en los campos.


El hombre son las huellas.


No sé si van o vienen.