GABRIELA EN LA NIEVE
FRAGMENTO 1/6 desde AGUANIEVE
PARÁGRAFO 111
Gabriela debía chilenizar Magallanes.
Nadie se preguntó si los de esa australidad se sentían otra cosa que chilenos ya en la primera
generación nacida bajo esos cielos distintos. Se dio por sentado que no lo eran… Teníamos a
honra el haber nacido en esa tierra única donde había nacido Chile, con la primera palabra
española pronunciada bajo el extenso cielo que constituiría la patria…, señala Scarpa.
Los chilenos llegados del norte, y los que provenían de otros países, eran los
desterrados.
Pero ella se magallanizó y, la desterrada en su patria encontró en su destierro
magallánico no solo su patria sino su inserción en el mundo. Esta experiencia la
lleva a decir años después:
La tierra de Chile que más amo… la patria que alabo con llanto.
En su Recado La Antártica y el pueblo magallánico, publicado en La Nación el
24 de octubre de 1948, nos dice:
Cuando la Antártica sacó su busto como la Sirena, y fue aprendida de golpe por
el mundo… me acordé de aquellas conversaciones que fueron las mayores fábulas
y las mejores “veras” que me regalaría el país del viento y de la hierba… Era
aquello un mundo casi rebanado por la indiferencia de las geografías primarias
y, a la vez, poseído y virgíneo para nosotros; la posesión venía de la legalidad de
nuestra posesión, y la virginidad, del olvido que le dábamos los chilenos de
Llanquihue arriba.
¿Qué hizo Gabriela en Punta Arenas?
Sin duda, la reorganización del Liceo de Niñas fue una tarea ardua y difícil por la
escasez de recursos. No obstante, presionó al municipio y realizó colectas entre la
comunidad para mejorar y ampliar las salas de clases.
Cuando se enteró de que el 100% de los niños de un colegio, y el 90% de los
niños de otro sufrían de raquitismo, afecciones broncopulmonares y escrófulas,
quiso cambiar la jornada escolar estableciendo vacaciones de invierno y prolongar
el período de clases en los meses más benignos de noviembre hasta enero o
febrero. Pero los profesores determinaron no innovar.
Y la razón que me dieron las educacionales, privadas y estatales, del Territorio [como se
denominaba a Magallanes en ese entonces], fue algo que me remeció el tuétano del alma:
los niños necesitaban el tiempo bueno para trabajar en el campo [temporada de esquila] y
ayudar así, económicamente, a sus familias. El vellocino de oro primó sobre la salud de los
niños.
Eso diría más tarde Gabriela.
Entonces, como paliativo, ella se dedicó a sus clases populares, a visitar las
cárceles, y hospitales.
Creó, además, una Escuela Nocturna gratuita para las mujeres obreras, ya que los
índices de analfabetismo eran muy altos en la masa popular. En el texto de la
conferencia que dictara sobre este tema, en septiembre de 1918, dice en parte:
Las mujeres formamos un hemisferio humano… Siempre hemos llegado al festín
del progreso, no como el invitado reacio que tarda en acudir, sino como el
camarada vergonzante al que se invita con atraso y al que luego se disimula en el
banquete por necio rubor… Pienso que la mujer aprende para ser más mujer…
La mujer culta debe ser, tiene que ser, por lo tanto, más madre que la
ignorante…
Luego de terminada la jornada nocturna, Gabriela dirigía lo que ella
llama Conversaciones. En ellas les hablaba de sus propias vidas, de sus problemas
cotidianos, de las contingencias que trae el vivir entre los elementos hostiles, y de
la obligación de ver la unidad “contra viento y marea”, a pesar del tajo del mar
enfurruñado y el desparramo loco de islas.
En una de esas jornadas de Conversaciones vio llegar a la sala gente extraña. Eran
dos reos políticos que huían del presidio de Ushuaia y a ellos se sumaron unos
chilenos inéditos para sus ojos. Este grupo le contaría la huida, los trances de la
pampa, el nadar en las aguas medio heladas y cómo, husmeando entre matorrales,
llegaron a Punta Arenas.
Yo miraba y oía a los fugitivos con novelería de mujer lectora de aventuras… (y)
los ojos se me quedaron sobre los dos rostros no vistos nunca: allí había unos
seres de etnografía poco descifrable, medio alacalufes, pero mejor vestidos que
nuestros pobrecitos fueguinos…: eran el aborigen inédito, el hallazgo mejor para
una indigenista de siempre… Fue allí donde yo toqué pueblo magallánico y
patagón… y esta novedad de los ojos sería más un repaso de facciones exóticas y
un oír la jerga de oficio inédito; sería el aprenderme la zona feérica.
Ellos –dice Gabriela– conocían en sus tres dimensiones el territorio extremoso y
además el aquarium antepolar, al cual la humanidad vislumbra apenas en
libros raros o estampas insípidas… Ellos me contarían las Islas de la danza
pávida en torno al remate del mundo y después de ellas, las Mayores, a la que
“no se daba fin”.
Y este relato de esa gente extraña estaba salpicado de aventuras y de infortunios
polares. Ahí descubrió la importancia de la Antártica y de la necesidad de asumir
los derechos de Chile sobre ella.
Su óptica, siempre adelantada a su época, y asumiendo su misión de testigo del
tiempo que le tocó sufrir y pensar, agrega en el Recado del 48:
Imagino yo el pasmo que sentirán ellos [aquellos que le contaran sus
experiencias en los mares del sur], su colectividad dispersa y doblada
después de treinta años, al saber, por alguna noticia de la radio u hojita de
periódico, que no hay una Antártica chilena o que la hay, pero menudita, especie
de engañifa que se da a los niños para acallarlos.
Pienso en lo que diría de esta jugada, caso de habernos vivido, el voceador de
nuestros derechos antárticos, D. Pedro Aguirre Cerda, quien se supo la región
fantástica y lanzó a tiempo su aviso de vigía que le rieron algunos necios.
El ambiente cultural de Magallanes era notable en ese tiempo. Catorce
publicaciones –que luego aumentaron a veintiuna–, algunas en yugoeslavo, inglés
y alemán. Varios periódicos, diarios y publicaciones hablaban de la calidad de los
medios técnicos de la ciudad. Esto hace decir a Laura Rodig: “Partí
acompañándola a Punta Arenas, la ciudad más austral del mundo y, acaso, la más
civilizada de Chile”.
Mucho escribió Gabriela en esos dos años en Punta Arenas: “El Presupuesto”,
“Vacaciones de invierno”, “Biblioteca Infantil”, “Educación Popular”, “Circular
sobre creación de una biblioteca”, “Juramento a la bandera”, “El patriotismo en
nuestra hora”, “Métodos activos de instrucción”, y notas críticas sobre obras de
poetas y escritores, entre otros trabajos.
Creó la revista Mireya, de prestigio internacional, dando cabida a numerosos
escritores de América Latina y España. Pidió apoyo para la creación de
bibliotecas. Dictó conferencias sobre la instrucción primaria, escribió sobre el
hermoseamiento de la ciudad, plantó árboles en avenida Colón y en la Plaza de
Armas, reclamó por el cinturón de bosques quemados que rodea a Punta Arenas,
etc.
En uno de los números de Mireya hace alusión a la arbitraria división –eufemismo
que suple a regalo– de tierras en Magallanes.
Y, en fin, se dio tiempo para escribir sus versos de Desolación en la tierra que no
tiene primavera. De la nieve son los zumos de aquellos versos.
Su actividad epistolar es notable. Mantenía comunicación con la mayoría de los
intelectuales de América y de Europa.
Su lectura de los rusos es profunda, sobre todo de Gorki, recién traducido,
Tolstoi, Dostoievski y otros. Lee también la Doctrina secreta de H. P. Blavaski.
En su Carta Prólogo de Desterrada en su patria dice:
Nadie, ni yo misma, cayó en que era un contrasentido el quedar en mi patria y
declararse expatriada. Más tarde lo expresé, al reparar que era aquello un
mundo rebanado por la indiferencia… Soberbia y extrañeza: los chilenos somos
los de aquí, señores; los que no se nos parezcan no lo son. Pequé en eso, caro
Roque Esteban, y Ud. me ha reprochado con caridad comprensiva…los versos
de Desolación.
Reconoce en esa ocasión:
Y mi real chilenización integral, abierta al universo y a lo plural americano…
comenzó en su tierra y cumplí lo que, en carta tardía a Matilde Ladrón de
Guevara, escribiera: “Lo que más quiero de mi país es Magallanes y bien
quisiera poner en el Recado sobre Chile una descripción más larga de esa zona
que de las otras…”
Agregando:
Su gente [magallánica] me recibió bien y me despidió, diría yo, subrepticiamente. Denomino su
gente, lo que, en las ciudades, se llama “lo representativo”.
Pienso, dice Scarpa, que la experiencia magallánica para Gabriela fue fundamental
en su maduración intelectual y social.
Gabriela se embarcó de regreso al norte del país el 5 de abril de 1920 en el vapor
“Orcoma”.
La despedida de la gente de Punta Arenas fue casi imperceptible.