K.516 UNA CUESTIÓN PERSONAL
Luego
El Pensamiento dijo:
Que nazca la Música.
Y entonces Mozart se encarnó entre nosotros.
Desde el seno de su madre,
componía.
Los golpes en el vientre materno,
eran acordes de alegría.
Todo está compuesto
aunque no escrito todavía.
Niño alegre
y súbitamente triste.
Decía:
No oigo en absoluto las partes una tras
otra en el orden que se sucederán,
sino que
las oigo todas a la vez
Leopoldo:
Tu expresión fue siempre tan solemne
que personas sensibles,
al contemplar el temprano florecimiento de tu talento
dudaban, no sin tristeza,
de la posibilidad de que llegaras a vivir largamente.
Su infancia,
años de peregrinaje,
duros carruajes
en ásperos caminos,
los humedales de incontables posadas,
umbríos albergues,
largas esperas en estancias señoriales.
Y, no obstante,
alegría de vivir.
su música,
tan pura que parece haber estado siempre
esperando que alguien la escuche, dice Einstein.
Movimiento I: Allegro
Terminado el 16 de mayo de 1787
en clave de sol,
su tonalidad triste,
un ámbito siempre propicio para la confesión íntima.
Entonces un latido inicial,
angustiado y doliente.
El latido cósmico de su música
es el latido de la creación, dice Einstein.
Un complejo universo anímico
con arpegios que escalan y descienden impacientes
hacia las regiones más graves de tu corazón.
Y gemidos,
muchos reiterados suspiros.
Ahogo en un tono primordial
y luego un estado febril hacia zonas más luminosas.
Un sendero lleno de suspensos,
de silencios entrecortados
y obsesivos estallidos repentinos.
Como en un agujero negro,
todo se acumula hacia el final
con una tensión imponente,
imposible de mitigar
y desde donde es inútil huir.
Y sin quejas
ni lastimeros cantos
sino una muestra lúcida y descomunal
de cómo son realmente las cosas
aquí entre los hombres.
Lucha soberana de un espíritu
que transita de la luz a la sombra,
del yin al yang
en esta breve tragedia de la carne.
La tragedia cósmica hecha música
pero, sobre todo,
y comprensiblemente,
la alegría inherente a la creación.
Su musicalidad cósmica:
como la belleza de la unificación del principio de equivalencia,
o la gravedad
como la curvatura del espacio tiempo,
en el diciembre de 1907 de Einstein.
Movimiento II: Menueto. Allegretto
Una prolongación,
una danza turbadora
con reiteraciones y detenciones bruscas
tendiendo todo a un mundo
que se fragmenta azarosamente.
Había en él una intuición inmediata
de todo lo musical acabado.
Y una breve brisa de optimismo.
Movimiento III: Adagio ma non troppo
Un universo en sordina,
un canto
que proviene de mundos internos muy lejanos.
Así como Einstein evidenció la gravedad
como una curvatura del espacio tiempo,
la instantaneidad de Mozart
para generar belleza
excluye el esfuerzo y la búsqueda.
Y emoción
por los mundos privados e íntimos
en aras de la magnificencia del todo.
Un todo desgarrador.
Dice Mehta:
Estar al borde de un abismo
y luego, incomprensiblemente,
sonreír.
Como un niño distraído
en la tristeza más profunda.
El clásico con demasiado buen gusto
para no disimular su angustia
con la sonrisa de una conclusión tranquilizadora.
En una carta:
Cuando tengo el tema,
viene una melodía enlazándose con la primera
de acuerdo con las necesidades de la composición en su conjunto.
Los contrapuntos
y esos fragmentos melódicos completan la obra.
Ella crece,
contemplo su crecimiento
y la concibo cada vez más claramente
hasta que la composición toda está terminada en mi cabeza.
Lo diría también K. sobre la obra:
El sueño en que eso sucede
es el más dulce de todos y al despertar
aún brillan en mi barba lágrimas de alegría
y de liberación.
Su capacidad holística
le permitía contemplar en su cerebro
una composición íntegra antes de escribirla.
Mi mente la capta,
como un destello de mis ojos perciben
un hermoso cuadro
o una bella joven.
Algo así
como un chispazo en la duración,
en los ilimitados ahora de Gödel,
viviendo las horas de su obra
en un instante,
con todos los ahora juntos.
No se me presenta sucesivamente
con sus diversas partes detalladas como ocurrirá más tarde.
Mi imaginación me la permite escuchar en su conjunto.
Movimiento IV: Adagio-Allegro final
Lejos de los abismos,
con un canto conmovedor
que se despliega amplio e intensamente.
Es la invasión de un viento de alegría
que despeja el horizonte tormentoso.
¡Alegría!
El contento en el rostro,
un gozo
como si fuéramos completamente inocentes de todo,
porque sí o porque no,
de todo lo que hemos hecho,
de todo lo que nos ha ocurrido,
de todo lo que hemos ocurrido.
¡Alegría!
¿Cómo puede haber tanta alegría en un hombre?
Como una manada de bisontes en estampida,
como una mariposa feliz en la grupa de una tormenta,
o un fósforo en los oleajes de las mayores tempestades del mundo.
Es el rayo de sol que llega a tu rostro
luego de la noche fría.
Son las luces del alba
que se precipitan en tu aldea,
en lo más íntimo de tu corazón.
La sonrisa del niño que ve a su madre,
el atónito amor primero,
el tibio temblor de las hojas;
el canto del agua que rueda por la quebrada,
el gozo de todas las cascadas del universo.
Un chillido de gaviotas,
el golpe quieto del mar en la playa,
el transcurrir pacífico de los peces por los océanos,
el pestañeo de las aves.
Lo que apenas está en el primer beso,
el latido primero de tu primer hijo,
la primera vez de todo.
Pinchas Zukerman:
Nunca he oído tanta alegría en un período tan corto.
No es el desahogo mecánico de una vivencia,
sino un ejercicio de supremo equilibrio
que nos trasciende.
Es el reino de la totalidad,
de la armonía superior
sin causas temporales aparentes.
Nace la obra completa,
madura,
como una maravilla de creación instantánea
como si todo estuviera hecho desde siempre.
Y con el asombro
de no saber
cómo ni de dónde
emergen sus pensamientos musicales.
Como en el K. 622,
una escritura magnífica,
fluida,
precisa.
Una maquinaria de perfección sonora.
Una partitura escrita
en un solo gesto,
sin dudas,
casi sin correcciones.
Oía su música internamente
y arrojaba luego sus notas al pentagrama dejando sólo la esencia.
Sin lugar ni tiempo
para lo musical superfluo.
Hubo una urgencia tremenda
por decir, por cantar.
¡Todo en él era urgente!
¡Y qué fácil y natural es su grandeza!, dice Bellow.
Pero, ¡ay!
Los buenos tiempos han pasado,
entonaron su última canción con Mozart, dice Nietszche.
Y la envidia,
el silencio del avaro,
el cálculo del político,
el artista cortesano,
la comodidad religiosa,
la omisión,
el ninguneo ominoso
y toda aquella energía que se gasta
para aniquilar la creación,
hicieron el resto.
Su arte,
una exploración del Universo,
de un cosmos que se expande.
Su música,
la banda sonora de la creación del Universo.
Su fin,
un montón
de polvo
inubicable.