LA LITERATURA Y LO REGIONAL
Juan Pablo Riveros
Estas palabras son sólo una breve reflexión personal sobre lo que
constituye el tema central de este encuentro: la literatura regional o, más
específicamente, la presencia de Magallanes en la obra que los escritores
magallánicos hemos desarrollado hasta el momento.
Entrando rápidamente en materia, se me ocurren algunas preguntas que
ojalá sean las pertinentes. Intentaré algunas respuestas las que, por cierto, son
provisorias y válidas sólo en mí. Lejos de mi ánimo, imponer alguna visión sobre
este problema.
Algunas interrogantes serían ¿Cuánto de la tierra que nos vio nacer está
incorporado en nuestra escritura? Lo propio y esencial de nuestra tierra ¿garantiza
de algún modo una escritura significativa, así como su grado de hondura? ¿Deben
o no prevalecer en la escritura los temas trascendentes del hombre y la naturaleza,
y el diálogo del hombre con su tiempo y su sociedad, su ubicación en el cosmos,
o su propio destino, y del destino mismo del cosmos? ¿Qué es lo Regional?
Una referencia que se puede tener presente es abordar y analizar las obras
de los grandes escritores, y cómo y cuánto de su tierra se puede hallar en sus
escritos.
Me parece claro que el proceso de la escritura de los que importan,
penetran lo regional que le es propio hasta llegar a la antípoda misma de su
región. Nuestra escritura, en efecto, no podrá evitar nutrirse de la tierra que lo
acunó. Esto es inevitable y necesario, así como imprescindible parece ser la
ulterior transformación de los primeros materiales telúricos que harán al escritor
ascender o descender a los dominios universales. Es decir, desde nuestro suelo
ascenderemos primero lentamente hacia lo universal, hacia lo común de los
hombres. E iremos universalizando luego la experiencia de nuestra casa primera y
del tiempo que nos tocó vivir. En definitiva, sería necio de mi parte negar la
influencia de la tierra original en nuestra experiencia escritural pero desde ahí
tendremos que emprender, tarde o temprano, el vuelo hacia los grandes temas. A
veces lo regional se percibirá nada más que en los colores, en la temperatura, en
las inflexiones de voz locales, en la sintaxis de los silencios naturales de nuestra
tierra al tratar lo que aquí –por darle un nombre- estoy llamando los grandes
temas que no son más que la aventura del hombre en el breve tránsito de la vida,
como diría Horacio.
En esta línea me he preguntado muchas veces ¿dónde está la región que
vio nacer a escritores como Kafka, Rilke, Borges, Rimbaud, Hölderlin, Horacio,
Homero, Cavafis? Responder a esto puede constituir una tarea llena de
descubrimientos, plena de hallazgos.
Lo regional podría tener, en el inicio de toda escritura, una densidad
mayor, pero ella se irá metamorfoseando a través del tiempo. Poco a poco la
región se transforma en el mundo. La lucha de los hombres contra el tiempo,
contra la precariedad humana, contra el orden natural de las cosas, batallas éstas
que nos conducirían a una comprensión mayor y que nos permitirían sobrevivir
ante tanta cosa extraña o ajena que nos circunda.
La literatura, como todo arte, tiene la obligación de descubrir, de develar lo
viejo, de extraer lo nuevo que subyace en las viejas formas. No se trata de lo
nuevo por lo nuevo – ¿hay algo nuevo bajo el sol? – sino lo nuevo en el decir
trascendente. Se trata, por cierto, del mismo Gran Libro que ya fue escrito en los
inicios del tiempo y en el cual nosotros inscribimos o repetimos –con nuestro
singular estilo- o balbuceamos con nuestra particular gramática, con nuestra
propia aritmética oceánica, lo que nos duele o preocupa. En la medida que
podemos incorporar nuestra particularidad –es decir, todas las coordenadas que
nos definen- en un verso, en una oración, podremos decir lo antiguo de un modo
nuevo. Esto ustedes lo saben mejor que yo. Entonces, cuanto más hayamos
ahondado en nuestra singularidad –definida por la tierra que nos vio nacer, por el
viento y la nieve que nos cubrió, por el diálogo que nuestros hombres realizaron
con su tiempo- más universalidad podríamos lograr. Sin embargo, ni esta actitud
ni este ahondar en la singularidad, nos garantiza nada, y la palabra podría
resistirse – por qué no- a esa particularidad que nos hiere o nos mortifica. Creer
lo contrario sería presumir que hemos hallado la clave del misterio que es todo
arte, y el de la palabra escrita, en particular.
Porque además de la singularidad debemos poseer el ángulo preciso y la
perspectiva que nos permita decir lo nuevo. Pero ni aún así el éxito está
asegurado. La palabra se resiste al conocimiento, a la sabiduría, al docto y, por
fortuna, a la docencia. Nada más ajeno a la palabra, a la poesía, que el saber
docto. El docto tiene que ver con el discurso científico. Pero la poesía cubre
todos, absolutamente todos, los discursos, todas las formas, toda la cotidianeidad,
con la condición de que todo lo dicho o escrito sea, eso, poesía.
Hemos entonces llegado a un problema clave: ¿Qué es la poesía? Y he aquí
lo trágico: nadie lo sabe. Ni siquiera Borges se atrevió a decirlo. Aunque
evidentemente sabía lo que no era poesía. Ustedes estarán de acuerdo conmigo
en que agregar cualquier calificativo a la palabra poesía hace aun más dificultoso
el problema, por ejemplo, poesía regional, a menos que se esté pensado en una
suerte de taxonomía temática.
Pareciera que es más fácil decir lo que no es poesía. Pero también esto es
tarea vana. Esa presunción pone de manifiesto que sabemos qué es la poesía. Por
ello, uno, con los años se va callando y comienza a enmudecer. Cuando Rimbaud
lo supo o creyó saberlo, se fue al África a contrabandear armas y a llenar sus
alforjas de oro puro. Pero, hermanos poetas aquí presentes, la Dickinson dijo que
la poesía era un estremecimiento, un ahogo.
Permítanme contarles una experiencia poética. Eso fue lo que sentí cuando
contemplé en Florencia El David de Miguel Ángel, porque, sin saber lo que es,
adivino o presumo que ahí está presente la poesía.
La región Itálica, los hombres del 1500, sus concepciones, sus luchas, están
encarnadas en ese mármol de un modo casi sobrenatural. Y sin casi, me atrevería
a decir. Ahí está la Italia del Renacimiento -es decir, el mundo de esa época-, sus
luchas políticas y religiosas, su economía, su cultura, todo ello entronizado en ese
hombre de mármol como centro absoluto del universo. Un hombre que con el
ceño fruncido mira con soberbia los discursos oficiales del gran poder que regía y
que todavía rigen el mundo de occidente. Pero el David es mucho más que eso:
es la concreción más sublime de la rebeldía del hombre frente al poder. Pero aún,
es más, es la soberanía y la primacía del arte por sobre cualquier otra
manifestación humana. Y es mucho más todavía, es la capacidad de hacernos
trascender lo cotidiano, de embarcarnos en una nave cósmica hacia los orígenes
del hombre y del universo.
El mismo ahogo experimenté cuando contemplé por segunda vez la Pietá.
¡Cuánto dolor! Me parecía que no podía ser cierta tanta singularidad incrustada en
el arquetipo de lo universal. Tanta dulzura, tanto dolor, tanta entrega a la suerte
de Dios o de los dioses, tanta capacidad humana para soportar un dolor que nos
sobrepasa. Y ahí está lo regional de Miguel Ángel materializado en un gesto
universal, válido y vivo para todos los tiempos y lugares del planeta. Un
testimonio fundamental.
Ahogo es lo que experimento ante un poema de Horacio o un verso de
Homero. ¡Y cuánta regionalidad, en el mejor sentido del término, hay en cada
uno de ellos!
Me inclino humildemente ante lo regional que me lanza al infinito del
hombre.
Recuerdo casi cada día, las calles y las avenidas de mi tierra. En el Metro de
Santiago, en sus micros llenas, hacinadas de soledad, pienso y me solazo
recordando las aguas del Estrecho con su pacífico mar que viene o va hacia el
Atlántico. Crecí frente a estos mares, crecí en la cubierta de barcos antiguos, me
espanté con los naufragios en los mares del sur. Pero cuanto más al sur iba, fui
comprendiendo que debía emprender un vuelo mayor hacia el cosmos infinito.
Me tranquilizo, en medio de la vorágine santiaguina, cuando pienso en mi tierra
lejana. Tal vez algunos o todos de los presentes aman esta tierra más que yo. No
lo sé. Es posible. Pero les puedo asegurar en voz baja que tras mis versos pueden
contemplar, si los leen al trasluz, una pizca de mi tierra que titila blanca con todos
sus fantasmas dolorosos.
En cualquier momento afloran recuerdos gratos de Punta Arenas. Veo a
mi madre cuando nos lleva al colegio San José el año 1953. En ese tiempo
vivíamos en calle Talca 1550 –aún recuerdo el número de esa casa- entre
Paraguaya y Boliviana. Las calles están llenas de sol mientras caminamos hasta
calle Fagnano. Mi madre nos dejaba ahí a dos cuadras del Colegio cuya entrada
estaba entre Chiloé y Bories. Eran esos días en que esperábamos con ansia el
recreo y el pan y el dulce de membrillo. Recuerdo nuestros juegos por calle
España esquina Independencia. Ahí había un prostíbulo y nosotros extraíamos y
coleccionábamos las tapas de cerveza incrustadas en el antejardín de esa casa,
como si fueran un tesoro inapreciable. Todavía siento los rayos del sol sobre
nuestras espaldas. Todo estaba en orden. Todo era tan pacífico.
Y al cabo de los años, ya un poco mayores, evoco las conversaciones en la
Iglesia en las misas de todos los días: los chistes, las aventuras de los compañeros
y las extrañas historias que se contaban sobre la matanza de los onas. Estoy
viendo los vitrales de la iglesia, aquel de la isla Dawson atravesado por el sol de
octubre o noviembre.
Pero hay otro recuerdo esencial. Un recuerdo fundacional. Me parece estar
viendo el año 1945 a una mujer solitaria que camina con su coche y un recién
nacido subiendo por calle Independencia hasta llegar a Patagona o Arauco. Esa
mujer de Talcahuano, una niña casi de 18 años, sube hasta ese lugar para cumplir
un rito. Con su corazón atribulado quiere descubrir si el buque Micalvi de la
Armada Nacional en el que navegaba su esposo había ingresado ya por el lado
sur del Estrecho, retornando de su largo viaje de abastecimiento a los faros de la
región, excursiones que duraban uno o dos meses. Ella miraba el humo del barco
y la veo adivinando tras los humos si se trataba de la nave esperada. ¡Cuánta
inocencia la de esa foránea en ese Punta Arenas lejano de sus propias tierras, de
su hogar!
Hay humores que penetran para siempre nuestro oficio de escritor. He ahí
algunos de esos flujos subterráneos que penetran mi trabajo literario.
Porque para mí la poesía es un observatorio que conduce al universo. La
siento como un alambique por el que transitan y destilan todas las
particularidades telúricas de lo regional hasta legar al corazón universal.
Los maestros van despegando, ascendiendo lentamente de lo propiamente
regional. Y es lícito preguntarse ¿Qué cabida tiene lo regional en la escritura de
un maestro como Kafka? ¿Cómo trata él lo regional?
Ocurre que lo regional deviene a veces un lugar mítico y que como tal
escapa a las especificaciones, a las singularidades de la región real. (Lo real, ay,
que palabra más complicada). Aquí lo regional que importa a los poetas, ha
ascendido a la categoría de lo universal: El Macondo de García Márquez o aquel
lugar mítico de William Faulkner o los mares del sur o simplemente el mar de
Melville. Pienso en Cavafis y su Alejandría, y en Ítaca porque cada uno de
nosotros tenemos nuestra Ítaca a la que siempre volvemos.
Los castillos de Praga – la ciudad de las 100 torres, una de las ciudades más
hermosas de Europa- y su arquitectura, se incorporan a la literatura universal a
través de ese milagro que realizó Kafka en El Castillo. ¡Cuánto frío hay en él!
Pero este Castillo kafkiano ya no son más los castillos de Praga, ahora es el
edificio que cobija a toda la sociedad contemporánea. Es una arquitectura social
por la que merodean los seres humanos por multitud de callejuelas, pasadizos y
direcciones que conducen a ninguna parte. Lugares en que el gran poder se sirve
del hombre sencillo y común para consolidar su propio poder. Lo sabemos, el
castillo es aquí una metáfora, una metafísica de los complejos mundos sencillos
exacerbados hasta la absurdidad más completa. ¡Qué lejos nos encontramos de
los castillos de Praga, del Palacio Real con sus 711 habitaciones, de sus 68 salones
y 103 cocinas, pero qué cerca nos parecen al mismo tiempo!
El regionalismo que nos importa debe responder a todas las claves del arte.
Yo doy gracias a los dioses que permitieron que llegaran hasta nosotros los
versos de Horacio de la Oda XI o los versos regionales de Homero y el
amurramiento de Aquiles por el Mediterráneo. ¡Cuánto daría yo por uno de esos
versos maravillosos!
Cualquier otra cosa sería Turismo.