LA NOCHE POLAR DE BYRD
Juan Pablo Riveros
La soledad es un excelente crisol en el que se puede observar
hasta qué punto nuestros hábitos y maneras están
condicionados por los demás. Mirar hacia la vida no es sino un
destello en la eternidad.
R. E. Byrd
La comunidad académica y científica se reúne una vez más más para analizar la actualidad de
los estudios de las regiones árticas y antárticas. Es natural e imprescindible, en consecuencia,
dar cuenta de los enfoques y metodologías científicas en boga para descifrar el fenómeno de
los hielos y las nieves polares, así como los efectos que éstos generan en los delicados
equilibrios del planeta. Las diversas disciplinas científicas han podido dilucidar muchos de los
enigmas polares. Sin, la óptica científica y sus métodos son de importancia suma en este
contexto.
No obstante, quiere aprovechar la oportunidad para mostrar una perspectiva distinta y, en mi
opinión, necesaria. En cierto modo, deseo tributar un pequeño homenaje a aquellos hombres
que, movidos por un espíritu de búsqueda y de aventura connatural a la ciencia, sacrificaron
no solo la comodidad de sus vidas urbanas, sino que, en muchos casos, expusieron sus vidas al
azar de las grandes nieves.
Todos sabemos de las experiencias de Shackleton, Scott, Amundsen y de Richard Byrd, entre
otros, quienes iluminados por la aventura arrojaron las primeras luces respecto a la
importancia de esos mundos que desempeñan un papel fundamental en la historia de nuestro
planeta. Ellos nos concedieron la mirada primera, similar a aquella que nos diera Pigafetta en
1520, al divisar los primeros fuegos de los onas mientras navegaba por las costas de nuestro
Estrecho. Esta visión primera del cronista nos permite:
Recuperar esa mirada apocalíptica que consiste en tener siempre presente la idea de que la
creación entera puede terminar en el próximo instante.
Esto es lo que me propongo en esta oportunidad. Y para ello recurriré a las visiones poéticas
que el Almirante Byrd plasmó en su libro Alone..
En marzo de 1947, Francisco Coloane, a su regreso de la Antártica y prologando un libro de
Oscar Vila, nos decía:
La grandiosidad de la naturaleza antártica es tan sobrecogedora que enmudece la palabra del
prosista…En medio de ese mundo de puro hielo, hemos pensado que solo una música
abismante o desolada, o un poema, podrían expresar la sensación que aquello produce en el
espíritu humano.
Por su parte, Saint John Perse a propósito de la validez del quehacer poético, manifiesta:
En verdad toda creación poética es, ante todo, poética, en el
sentido propio de la palabra. Y en la equivalencia de las formas
sensibles y espirituales, inicialmente se ejerce la misma función
para la empresa del sabio y la del poeta. Entre el pensamiento
discursivo y la elipse poética ¿cuál de los dos va o viene de más
lejos?
Y no podemos olvidar a nuestra Gabriela en su Recado “La Antártica y el pueblo
magallánico”, publicado en La Nación el 24 de octubre de 1948, nos dice:
Cuando la Antártica sacó su busto como la Sirena, y fue aprendida de golpe por el mundo…
me acordé de aquellas conversaciones [aquellas que sostuviera en su Escuela Nocturna en su
estadía en Magallanes en 1918] que fueron las mayores fábulas y las mejores “veras” que me
regalaría el país del viento y de la hierba… Era aquello un mundo casi rebanado por la
indiferencia de las geografías primarias y, a la vez, poseído y virgíneo para nosotros; la
posesión venía de la legalidad de nuestra posesión, y la virginidad, del olvido que le dábamos
los chilenos de Llanquihue arriba.
Hablo en consecuencia desde esta perspectiva……