LA POESIA ES UN OBJETO CUÁNTICO

LA POESIA ES UN OBJETO CUÁNTICO

La poesía es un objeto cuántico.


Un día entra por la rotura de tu ventana,
por la cerradura de la puerta,
o por un tragaluz,
al mismo tiempo que se escurre por una rendija
o por una chimenea entre los árboles
o por cualquier otro sitio del universo.


Como un electrón
o una pajarilla
o una mariposa naranja en la catedral de la noche
              siempre está viva y
              siempre está muerta.


Tiene excusas misteriosas para estar aquí
y razones enigmáticas para no estar allá.

Si la observas
se sonroja,
y cambia la forma
y hasta su naturaleza íntima.

Y aquella que ahora canta alegremente
podría, en realidad, estar sollozando
en cualquier porción del cosmos
y haciendo exactamente lo contrario de lo que hace acá.

Posee un gemelo en todas partes,
un semejante que constituye su propia coartada

de manera tal que jamás podrías sorprenderla.

                          Siempre serás tú el sorprendido.

Cuánto más la observas

                                            y sigues sus huellas

más va cambiando de aspecto,
y aquella que recién se sonrojaba
luce ahora en todo su esplendor

                                         la soledad, la frialdad,
                                         y la mutación ultravioleta del mundo.


La poesía, cófrades, es un objeto incierto,
azaroso hasta el arbitrio,
hasta el escarnio y la desesperación
atentando muchas veces contra la cordura.
A veces, ingresa simultáneamente
por varios recovecos distintos.
Es caprichosa,
y ella,
sólo ella
conoce sus propias leyes.


La poesía es una partícula
cuya comunicación supera la velocidad
y las barreras de la luz.


Se comunica instantáneamente
con zonas que están a millones de años luz.
Las leyes clásicas, en absoluto, la interpretan,
más bien se burla de ellas.
Su conducta es aleatoria,
su futuro impredecible.


¿Su historia?
¿Su personal historia?
Una contradicción, amanuenses,
llena de altibajos,
de hechos maravillosos,

extraordinarios
y de otros verdaderamente deleznables.


Desde el inicio
se halla en el centro de todos los acontecimientos,
de las grandes decisiones.
Y luego,
al instante siguiente
lo olvida todo y sonríe
               (sonríe siempre, como una actitud casi natural,
                jamás ríe, salvo que se lo proponga muy expresamente),
para luego lanzarlo todo por la ventana
por el balcón más cercano,
por las cunetas,
por los desagües
o por la rendija que acaba de transitar.

Está, copistas,
en lo alto y en lo bajo y ruin
de los sustratos atómicos del universo.

Como un electrón,
orbita en enigmático desorden este mundo
y también el otro,
u otros.
Como una partida de ajedrez,
que admite múltiples jugadas,
el peón eres tú
hasta tu propio sacrificio a los pies de la reina,
derrumbándose entonces el universo
sobre todas las demenciales posibilidades de la vida.

Gira
en la telaraña del espacio ilimitado,
y como mosca
se desliza por toda la curvatura del espacio tiempo,
ingrávida,


libérrima,
ignorante de todos los peligros.
Y filtrándose por cualquier rasgadura del tejido del tiempo,
aflora en cualquier extremo del universo.
Y canta o solloza
en la cima de una estrella
o entre los desechos de la feria.
Y construye sus propios túneles en el espacio,
sus propios acueductos maravillosos,
sus propias edificaciones,
¡tan indelebles que espantan!


Y en algún rincón,
en cualquier rincón del cosmos,
dormita olvidada absolutamente del tiempo,
de las necesidades de la época
de las veleidades mundanas.


Es un átomo virtuoso, escribanos,
un microcosmos lleno de presentimientos,
colmada de pretensiones universales.
Un núcleo que contiene la vida
y que contiene toda la muerte.


Ella es lo probable,
lo posible,
lo mínimamente fiable, Horacio.
Un edén,
un infierno lleno de nieve,
un canto,
un grito,
un quizá,
el dominio total de la entropía,
el equilibrio de la nada,
un péndulo
en la punta atómica de la gana.