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Era la hora en que ellos se dirigían a sus casas.
Anochecía. Una pareja cometió un acto inmoral
frente a un reloj. Se miraron, entrecruzaron sus ma-
nos y se fueron cantando calle abajo. Y yo me fui
con mi bufanda azul arrastrando la tierra. El farol
de un vehículo iluminó la gran pared de un edifi-
cio y mi sombra se proyectó entre los árboles anti-
guos. Oí que de otro pueblo me llamaban y un
nombre se me cayó de los labios. La ilusión se es-
fumó en un bostezo largo. Y un incendio espiritual
bailó sobre una estrella roja o azul. No sé.
Era la hora en que no tenemos dónde. Subterrá-
neos en los que acurrucados rezamos, como no es-
tando. Un hielo riguroso cubría el ventanal. Y, en-
tonces, me mentí. Y sonreí. Una profunda canción
surcó la inquietud. Y una melodía pura y simple se
lanzó a través del tiempo y los espacios. Ella apa-
reció hermosa entre los relojes soñolientos y las can-
ciones bajas de los hombres. Los vehículos dormían
sin ansias de resurrección. Pero ella venía hermosa.
Y corrió por las calles a medianoche. Se detuvo en
todas las vitrinas de mi pueblo. Y sonreía con cui-
dado, como temiendo ser vista. Y yo sonreí con cui-
dado. Una palabra de desahogo la envolvió y desa-
hogadamente esparció un polvillo azul por las ve.
redas. Y yo sonreía. Si alguien la hubiera visto, la
habría amado. Una inconmensurable medida de la
pequeñez invadió el aire. El pueblo recobró con
lentitud su dimensión precisa.
Una pareja cometía un acto religioso frente al
tiempo. Y las calles quedaban melancólicamente de.
soladas. Un hombre encendió un fósforo en los ale-
daños del pueblo. Un arpegio de sombras se disi-
paron y casi incendiaron el universo. Más abajo se
encendían las luces.
Anochecía. Un apóstol me miró emocionado y tris-
te desde un portal sereno.
Era la hora de las cosas cotidianas. No sé.