NO PUEDO RESIGNARME

NO PUEDO RSIGNARME

No puedo resignarme
ni puedo admitir
que desde el primer fulgor
todo haya ocurrido
sólo para dar paso al hombre.


Trece mil setecientos millones de años de evolución,
por todos los ilimitados vericuetos de la creación;
entre explosiones, colisiones, monstruos siderales,
como un vasto río que se difumina por todas las latitudes del espacio,
como si toda la arena del Universo se dejara caer desde los altos cielos,
durante millones y millones de años con el más calculado azar.
¿Para hallar luego
un primate que apenas mira las estrellas?

Las excepciones apenas caben en una taza de café.


¿Y todo
para que en este planeta,
         más ínfimo que un virus en el cosmos,
aparezca su majestad el hombre?


¿Tanto trabajo, maestros,
para tamaña imperfección?


¿Para eso tanta fatiga bajo el sol?


Si alterásemos en cien mil millonésimas
un leve decimal de la larga aritmética del mundo,
quizá no estaríamos aquí.


¿Para qué tanta precisión?


Pero
ya lo dijo N.,
esto debe continuar
hasta que las estrellas
florecezcan en nuestras rodillas.


No somos,
          ni de lejos,
la corona ni el laurel de la creación.


¿Quién le ha otorgado tal prerrogativa?, Montaigne.


Además,
ya casi no nos queda tiempo.


¿O somos la cúspide de la creación?
¡Oh dioses!
¿Se dirige todo hacia la desolación?


¿Hacia el gran frío final?