NOCHE ESTRELLADA SOBRE EL RODANO
Lo que no impide que tenga una terrible necesidad
–¿diré la palabra?– de religión;
entonces, por la noche, salgo a pintar las estrellas…
V. van Gogh, Carta 543
Nomás
un dejo de esperanzas en el Gran Carro
con sus bueyes
y los plañideros cortejos árabes.
Las luces de la noche no se hunden en el río,
penetran un océano mayor,
un candor que no es de este mundo.
El cielo es azul verde, Theo
el agua, azul real,
los terrenos malva.
Las constelaciones rebotan en las ventanas del pueblo,
en los melancólicos suburbios de nadie.
O solamente tuyos,
envolviéndonos con frazadas de luz indisponibles,
arropándonos en las noches de invierno
como niños que hubieran abandonado los dioses.
Y todo ese asterismo girando siempre ahí,
con su resplandor verde rosa,
circunvolando eternamente todas las ausencias,
sobre las cabezas de los ancianos,
de nuestros bellos
de nuestros amados ancianos sin malicia,
para que habiten en las arenas de esos cielos
y permanezcan perpetuamente atados a las orillas
de un cosmos sin fin.
La ciudad es azul y violeta, hermano.
¿Las luces del poblado?
Esqueletos de lágrimas
despeñándose en la llanura de la noche.
Una excusa de los astros
para esos reflejos malvas que conducen
a estas naves sin velamen
atracadas a tu corazón,
al muelle de ninguna parte,
arrimadas a la punta del penúltimo islote que quedaba en este mundo,
abandonadas por los mudos navíos del frío.
Y los celestes cazadores, Vincent
en el campo azul verde del cielo
y la cauta palidez de la Osa
que contrasta con el rudo oro del gas
y las bienaventuradas aguas del río,
del océano.
Y el divino,
el inmaculado bisonte del piel roja,
y la doncella de los navajos que huye.
Dos figuritas, Theo,
enamoradas en primer plano.
Ay, la anciana con su chal
me mira sobrecogida,
su cara es una nave que me lleva a otro mundo.
¡Preguntadle a Hera, maestro!
O tal vez a Juno.