Introducción
Picton, Shukaku (2014).
Este libro, publicado en 2014, marca un retorno a las raíces de la infancia del poeta en Isla Picton. Explora la historia de una recuperación y un retorno, después de 60 años. La isla es percibida como una madre que acoge y que Riveros presiente eternamente joven.
La estructura del texto se caracteriza por un “conglomerado heterogéneo de registros textuales,” que incluyen autobiografía, diario, comentarios de textos y descripciones de lugares. Se describe también como una bitácora de viaje. Los elementos clave de la narrativa incluyen a sus padres, la propia isla, e historias de soledad, vientos, nieves y temporales formidables, junto con barcos que funcionan como ‘casa de sueños’. Guillermo Fernández, en su crítica, destaca la “hospitalidad tan particular” de la obra. Sergio Mancilla lo describe como la
historia de un “yo-escritor-memorialista que hizo de los territorios australes su íntima y preciada morada literaria”.
Isla Picton no es solo una ubicación geográfica, sino que adquiere una dimensión de ‘religiosidad fundacional de reencuentro y retorno’. La mezcla de autobiografía, diario y comentario textual en el libro, sugiere que el acto de escribir sobre Picton es un proceso de autodescubrimiento y de construcción de mitologías personales. La isla, como una “madre que acoge”, se convierte en un útero simbólico para su personalidad poética, donde las experiencias tempranas moldearon profundamente su cosmovisión. Esto refuerza la observación biográfica sobre cómo el sur ha configurado su génesis creativa. Picton, Shukaku demuestra cómo la memoria personal, particularmente la de la infancia y profundamente ligada a un paisaje aislado y específico, puede convertirse en el fundamento para una exploración literaria rica y compleja de la identidad, la pertenencia y el poder perdurable del lugar. Resalta la isla como un microcosmos donde la historia individual se entrelaza con temas universales de retorno y
origen
SELECCIÓN
EL ARRIBO
El 19 de noviembre de 2012, zarpamos desde Puerto Williams rumbo a
isla Picton en la patrullera “Alacalufe”, al mando del comandante José
Alviña. Disimulé mi ansiedad y sobrecogimiento frente a mis compañeros.
Se trataba de una misión de rescate soñada durante 60 años.
Pero ¿rescate de qué? ¿Qué quedó rezagado u olvidado en esa isla?
¡Cuántos sueños en busca del mapa y los caudales perdidos!
Y ahora, a bordo de la patrullera, se precipitaban hordas de recuerdos de
mi infancia en buques distintos. Los viajes de mi primera infancia, la pri-
mera estadía en caleta Banner el año 1947: recorridos desde Punta Arenas
por el canal Beagle y el canal Murray, el seno Ponsonby, la bahía Tekenika,
las Bahías Orange y Nassau hacia Punta Guanaco, Paso Goree, isla Lennox
y luego, al fin, el paso Picton arrullando la isla Picton. Son todas sendas que
recorrí muy niño pero que ignoraba absolutamente. Luego fueron los viajes
desde los 5 años entre Punta Arenas-Valparaíso-Punta Arenas, y de ahí a
Picton. Fue la época de las largas navegaciones, de gritos e inocente alegría
de los juegos en las cubiertas de los barcos. Tiempos de buques encallados y
de desolados naufragios. Tiempos de lanchas de papel, atadas a largos hilos
de lana. Épocas de correrías entre las máquinas, la artillería y las cadenas
de las naves. Y la inmensa trizadura que dejaba el barco en mansos canales
esmeraldas.
Mientras navegaba la “Alacalufe”, a la cuadra de caleta Eugenia, cerca
del islote Snipe –donde viven gentes en silencio frente a un barco encalla-
do– me oprimía la ansiedad, mezcla de nostalgia y de alegría, de quien va
tras de algo buscado durante decenios, y de lo que se tiene un vago mapa
mental conformado principalmente por los recuerdos de nuestra segunda
estadía en Picton el año 1952.
Entonces acudía a mi mente un sinnúmero de lecturas y vivencias de
Fitz Roy, Darwin, Subercaseaux, Bridges, Gardiner, Gusinde, Emperaire,
Coloane.
La experiencia de Fitz Roy, sin duda, está impresa en estos mares e islas.
Su primordial contribución siempre me ha sido cercana por las narracio-
nes de mi padre. Todo el territorio sur en las proximidades del Beagle fue
escenario de los trabajos e indecibles sacrificios del comandante británico.
Sabía que a los 12 años ingresó a la Real Academia Naval y luego a la Mari-
na. Tras diversas navegaciones y, a los 23 años, recién ascendido a teniente,
fue nombrado comandante de HMS “Beagle”, sucediendo al capitán Stokes
durante la expedición en 1828.
El Almirantazgo británico había ordenado la inspección de las costas
meridionales de Sudamérica. Para ello se destinaron el “Adventure”, bajo
la comandancia de Parker King y el “Beagle” a cargo de Pringle Stokes. Las
tareas se realizaron en cuatro años, hasta fines de 1830, y luego culminaron
en su segunda expedición entre el 1831 y 1836. De estos viajes resulta el
levantamiento de casi todos los canales, pasos, bahías y senos desde el golfo
de Penas hasta el cabo de Hornos. Esta proeza fue finalizada por Fitz Roy
desde 1828 luego de la muerte de Stokes. No es extraño entonces que estos
lugares posean un sinfín de topónimos ingleses reemplazando la riquísima
toponimia de los yámanas.
En abril de 1830, bajo el mando de Fitz Roy, el Tte. M. Murray descubrió
el canal Beagle denominado Onashaga por los yámanas. Y en mayo de ese
año, “ el grupo [Fitz Roy y una pequeña tripulación] ingresó en el gran ca-
nal, navegando hacia el oeste, a la izquierda, en dirección opuesta a la que
había tomado Murray…”1
.
Su trabajo de levantamiento hidrográfico hizo del bergantín “Beagle”
una de las naves más famosas de la historia moderna. Contribuyó a ello
la presencia a bordo, en el segundo viaje del “Beagle”, de Charles Darwin,
personaje de importancia universal en la historia de la ciencia.
Los cinco años que Darwin compartió con Fitz Roy en el “Beagle” (1831-
1836) no fueron fáciles para el naturalista. Junto al carácter estricto del
capitán, Darwin descubrió que era uno de esos pocos pero desventurados
viajeros que sufren mareos crónicos que no mejoran en el curso de la nave-
gación. Le indisponía además escuchar los azotes y gritos de los marineros
que eran castigados por embriaguez o desobediencia, en una época en la
que los hombres no podían quebrantar las rígidas barreras de rango y clase
social, y cuando razonar con alguien de la tripulación hubiera sido tomado
como una debilidad.
La lectura de los diarios de Fitz Roy en el Viaje del Adventure y del Bea-
gle dan cuenta de los sacrificios en esas desoladas lejanías de las navega-
ciones desde la boca oriental del estrecho de Magallanes hasta el estable-
cimiento de su base de operaciones al noroeste de Puerto del Hambre, así
como de la muerte de algunos hombres, del escorbuto, de las disputas con
los yámanas, y la pérdida de botes en medio de un paisaje gris y bajo fuer-
tes tormentas. El diario de Fitz Roy nos brinda, además, momentos gratos
de sobrias descripciones del paisaje austral e instantes de camaradería, así
como reflexiones y discusiones con Darwin respecto de sus valiosísimas in-
vestigaciones. Años más tarde, en parte por su formación anglicana, Fitz
Roy escribió mordaces ataques a las tesis de Darwin. Ese viaje cambió al
científico cuando concibió la idea más simple y revolucionaria de su tiempo
al modificar el paradigma religioso y creacionista imperante, esto es, la idea
de la evolución de las especies y de los infinitos cambios que han permitido
a la Tierra y a sus distintas formas de vida alcanzar el status actual. El joven
que al embarcarse quería dedicar su vida a la religión y ser párroco, se con-
virtió en científico y en un profundo observador de la naturaleza.
Ello hizo que Fitz Roy escribiera más tarde a Darwin:
Mi querido y viejo amigo, no encuentro nada ennoblecedor en el hecho de
ser un descendiente de incluso el más antiguo de los simios.
Mi padre contaba que Fitz Roy –habiendo navegado el canal Beagle por
primera vez desde el canal Murray hasta el cabo San Pío y luego de estar en
Lennox– podría haber estado en caleta Banner buscando romaza (Rumex
patientia), una especie de espinaca sin aroma que ayudaría a su tripulación
a mermar los efectos del escorbuto.
Viene a mi mente el intento fallido de Fitz Roy por civilizar o aculturizar
a unos aborígenes del sur de Chile, convicción que se deriva de sus con-
sideraciones anglicanas en el marco de la colonización. No obstante, por
sus efectos destructivos, tal intento no hace diferencia alguna entre los que
pretenden ayudar a los indígenas y aquellos que simplemente los explotan
o exterminan. La praxis histórica demuestra que el colonialismo actualiza
como mal toda buena intención. Esa es la amarga lección de Fitz Roy. Esta
experiencia se plasmará posteriormente en el libro Jemmy Button de Su-
bercaseaux2
.
LLEGADA
La primera conmoción del viaje fue avistar el faro Gardiner y, detrás de
él, a la isla. Ahí estaba la mítica entrada oriental a caleta Banner en
Picton. Y luego el islote Redondo, del que Gardiner el 6 de diciembre de
1850 tomara posesión “con la lectura del salmo 72 y algunas oraciones”
De inmediato percibí el aroma del mar y de las algas, olí mañanas claras,
y bosques y la inmensa diversidad de aves. En ese brevísimo instante al
contemplar el islote Gardiner, se condensó todo lo vivido hacía 6 décadas,
junto a los innumerables sueños con la isla, segundos que fueron como los
agujeros negros del espíritu, fracciones infinitesimales de tiempo en que la
densidad de la experiencia es enorme.
Esta Subdelegación Marítima en la isla Picton data de 1891. En la década
de 1950, el gobierno chileno crea el puesto de vigilancia naval Puerto Ban-
ner, con el objetivo de “afirmar la soberanía nacional y ejercer la vigilancia
jurisdiccional, y cumplir valiosas tareas de observación meteorológica”.
Hasta el siglo XIX, la isla era residencia de los canoeros yámanas. El
nombre de isla Picton fue dado por Fitz Roy y Parker King en memoria del
militar británico Thomas Picton, muerto en 1815 en la batalla de Waterloo.
En lengua yámana su nombre era Shukaku. En una traducción aproximada
que nos diera Cristina Calderón en nuestra visita a Puerto Williams en no-
viembre de 2012, significaría Isla con Pastos, a diferencia de Lennox, Imian
para los yámanas, con vegetación relativamente escasa. Según A. Chapman,
a “la Isla Imiani o Imian, Fitz Roy la llamó Lennox, en memoria de Matthew
Stuart, el cuarto conde de Lennox (Escocia)”4
Y así como contemplamos a un ser amado que hace largo tiempo no he-
mos visto, con devoción examiné al islote Gardiner y su faro del cual mi
padre nos hablara tanto. Lo veía con su fusil “Steyr” en bandolera mientras
remaba en su bote para arribar a la costa empinada donde se ubicaba el
Faro al que haría mantención. Sabía, como si hubiera estado ahí ayer, que
al girar en la punta este del islote accederíamos a la entrada oriental de la
caleta. Entonces pasamos lentamente junto al islote Redondo, casi frente al
cabo Cooper de isla Picton. Y a la derecha, a estribor, diviso la pequeña pla-
ya del islote Gardiner, vista a lo lejos desde la boca de la entrada oriental. En
mi corazón aparecieron las excursiones con mi padre a esa playa cubierta
de totorales en los que nidificaban una enorme variedad de aves. Oigo los
gritos de mi padre espantándolas para tomar sus huevos, y veo a mi madre
que corre alrededor de nosotros mientras gritamos. (Recuerdo que en cierta
ocasión mi padre llevó huevos de gallina y los dejó en un nido de caiquén. Al
cabo de los 21 días regresó a buscar a los polluelos. Los encontró a la orilla
de la playa mientras la madre caiquén insistía en echarlos al mar).
Y luego, al fondo, caleta Banner, la tierra del origen. La pequeña patria
de la infancia.
Cuenta A. Chapman:
… el 25 de marzo [1848], Gardiner, Erwin y tres marineros [estaban en
Lennox] tomaron el bote ballenero para explorar la vecina isla Picton. Lle-
garon allá con bastante rapidez, y en ella Gardiner encontró “una caleta
abrigada y espaciosa” que llamó Banner (estandarte) inspirado en un verso
del Salmo 60: “Tú has dado un estandarte a aquellos que te temen, para que
sea desplegado por causa de la verdad”.
Esa noche acamparon en la entrada de la caleta, en la isla que él llamó
Garden (Más tarde se escribirá Gardiner en memoria suya)…5
Como si nada estuviera ocurriendo, nos recibieron la playa, las aguas
cristalinas y el perfume sano de un mar vivo. Sin embargo, con espanto y
decepción, me sorprendió la ausencia de la ancha playa de mis recuerdos.
Pero en el acto supe, al saltar del bote a la orilla, que habíamos llegado en
la pleamar de las 8:30 de la mañana. Similar experiencia en Picton, la vivió
Lucas Bridges según revela en su libro El último confín de la Tierra, cuando
el cocinero los despertó antes de la hora convenida:
Al fin, como no amanecía y el despertador señalaba más de las nueve, me
acordé de que podía consultar otro guardián de la hora, la marea. Tomando
una antorcha del fuego, fui hasta la orilla del mar, pues sabía que la marea
alta se producía a las ocho de la mañana, pero con gran sorpresa comprobé
que todavía estaba bien baja, de modo que después de reprender severa-
mente al cocinero, volvimos a la cama…6
Y luego, alrededor de las 13:00 hrs., había resucitado la ribera de mis
recuerdos al bajar la marea haciendo aparecer unos 15 metros de playa
aproximadamente, equivalente a unos 3 metros de recogida del mar.
Mis dimensiones mentales de la Isla debían reducirse, al menos, a la
décima parte.
Mis dimensiones mentales de la Isla debían reducirse, al menos, a la
décima parte.
CANTOS DE INVIERNO
Las aguas pequeñas que venían de lo alto de la Laguna Grande desagua-
ban a la orilla de la playa bajo los grandes bosques achaparrados de
ñires y coihues. Y de canelos, sobre todo.
En realidad, entre esos bosques viví durante esos meses de nuestra últi-
ma estadía de 1952.
Y parece altamente probable que nunca haya salido de ellos. Aún con-
tinúo buscando avecillas para nominar al mundo. Perseguía con avidez los
chercanes –con su canto gutural como chirrido oscuro, más inocente que
terrible, ¡y había tantos!–, los zorzales, los tordos, tiuques y caranchos pa-
rados en lo alto de la copa de los árboles. El rayadito picoteaba los tron-
cos mientras emitía un canto apenas audible. Un sonido agudo, como una
pequeña aguja que enhebrara los enigmas de la naturaleza. El rayadito es
un pequeño monumento a la hermosura, blanco y barnizado de café. Una
miniatura bella, sin duda. Me gustaría encontrarla en los territorios para-
lelos del porvenir. Y quisiera aprender su lenguaje. Y hablar con él tranqui-
lamente.
Más arriba de nuestra casa, un cerro. En un documento fotográfico de
marzo de 1947, aparece esa loma. Hoy ha desaparecido por los movimien-
tos de tierra y la vegetación Y en lo alto del lomaje, la tumba de un niño,
hijo de algún marino de tiempos antiguos. Nosotros, en realidad Jaime y
yo (Edgardo era muy pequeñito y aún me dice con un tono de tristeza que
no recuerda nada de esa estadía), jugábamos sobre esa tumba, y recuerdo
que saltábamos sobre ella inocentemente. No obstante, hoy experimento un
estremecimiento al sentir que aún estoy pisando ese sepulcro. Luego corría-
mos a los achaparrados árboles a jugar o a cantar en silencio, evocando en
nuestra imaginación los tiempos vividos en la lejana urbe.
Algunas tardes, mientras ardía la lámpara “Petromax”, mi madre nos leía
fragmentos de un libro cartón-piedra con poemas que había en el inventario
de la isla. Uno era de Quevedo, “Poderoso Caballero es Don Dinero”. Y el de
Pedro Calderón de la Barca, “cuentan de un sabio que un día/ tan pobre y
mísero estaba/ que sólo se sustentaba de las hierbas que cogía…”. Ella nos
leía de una forma especial, evidentemente era una interpretación absoluta-
mente natural del texto. Tomaba las puntas de las hojas y, mientras leía, las
doblaba suavemente al ritmo de su lectura. Leíamos también fragmentos
del silabario El Ojo, como, por ejemplo, “Los pajaritos cantores”, o el del
hombre mutilado que regresaba de la guerra, o el de la larga sombra que nos
perseguía en la noche o, en fin, el de la mentira castigada.
Mi madre criaba gallinas. En las imágenes del 1947/48, Jaime y yo juga-
mos con la cola de un cerdo junto a las gallinas. Pero en la segunda tempo-
rada del 52 ocurrió un hecho triste. Mientras jugábamos en el galpón-leñera
que estaba junto a la casa, había una gallina en su nido. Entró mi padre al
galpón para poner un astil al hacha grande. Luego creyendo que el mango
estaba suficientemente ajustado, levantó el hacha para trozar un tronco. Al
alzar el hacha, ésta salió del astil y surcando el espacio cayó sobre la gallina
que estaba echada. Abrió las alas ante el golpe. Mi padre decidió sacrificarla
enseguida para evitarle sufrimientos. En mi memoria son las 11 de la maña-
na de un día relativamente gris.
Y mi madre nos cantaba. En este momento, 60 años después, en este
desolado espacio donde estuvo emplazada la casa que habitamos el 52, aún
la escucho cantar dulcemente “Dos arbolitos”:
Han nacido en mi rancho dos arbolitos,
Dos arbolitos que parecen gemelos
Y desde mi casita los veo solitos,
Bajo el amparo santo y la luz del cielo.
Nunca están separados uno del otro,
Porque así quiso Dios que los dos nacieran,
Y con sus mismas ramas se hacen caricias,
Como si fueran novios que se quisieran.
Arbolito, arbolito, bajo tu sombra,
Voy a esperar que el día cansado vuelva,
Y cuando estoy solito, mirando al cielo,
Pido pa’ que me mande una compañera.
Arbolito, arbolito,
Me siento solo,
Quiero que me acompañes,
Hasta que muera.
Yo imaginaba desde la ventana que alguien se alejaba diciéndome adiós.
O aquella canción infantil “Llueve”, que me regala momentos de honda
dulzura. Son los mismos sentimientos que llevaron a Dvorak a escribir “Las
canciones que me enseñó mi madre”:
Cuando mi anciana madre cantaba,
a cantar aprendí.
Me extrañaba que a menudo
sus ojos se llenaran de lágrimas.
Sólo que mi madre tenía 26 años. La canción “Llueve”, anónimo, aún la
entono en los días de invierno cuando el viento y la lluvia azotan los árboles
y techos.
Mientras tanto, mi padre, obseso por las matemáticas, me enseñaba las
operaciones básicas. Mi madre sufría los rigores de la aritmética que por
momentos se hacían insoportables. Por las mañanas, salíamos con mi padre
a correr por la playa y me gritaba ¿cuánto es 6×5 ó 5×8?, y yo le gritaba: 30 ó
40. Eso lo hacía sentirse muy orgulloso. Aún ahora me pregunta recordando
esa época.
Y mi madre continúa cantando:
Llueve
(Anónimo)
Ya no se escuchan los trinos
en el dormido sauzal,
por los desiertos caminos
ya nadie viene ni va…
Sobre el mundo
cayó un invierno cruel
los seres llenos de sombras se ven
y sienten viva nostalgia del sol
Llueve, llueve,
Mientras la tempestad;
Con furia azota las olas del mar
Y el viento gime su triste canción…
Hasta bien avanzada la adolescencia en nuestros tiempos universitarios,
e incluso en algunas reuniones recientes, continuamos con esa costumbre
de cantar de viejos cancioneros recolectados por mi madre.
También vinculado con la música, y en medio de la penumbra o del cre-
púsculo recalaban en la caleta algunos cazadores de lobos y nutrias, con sus
pequeñas embarcaciones provistas de una vela que los impulsaba por las
caudalosas aguas del Beagle hacia las loberías de Picton, Nueva y Lennox.
Nos contaban historias de sus navegaciones por las aguas del Beagle. Uno
de ellos, de apellido Aguilar, nos hablaba que en los bosques en la isla de
enfrente, al noroeste de Picton (Navarino), cazaba leones o pumas, y que
muchas veces estuvo al borde de perder la vida. Veo sus rostros y el fuego
cerca de la playa donde cantaban estos viejos marinos mientras uno de ellos
pulsaba un acordeón. Unos fragmentos de melodías populares resuenan y,
como el acordeonista del filme, Muerte en Venecia, escucho al lobero pul-
sando lánguidamente las teclas de su instrumento.
Una vez recalaron unos yámanas perdidos. Conversaban con mi padre y
los veía hacer gestos indescifrables. Luego supe que buscaban a alguien que
les había robado los cueros de nutria o de lobos. El sol se había ocultado por
el lejano Pacífico. Los loberos y nativos eran como seres de otro mundo que,
acurrucados en su bote, navegaban día y noche por las aguas caudalosas del
Beagle.
Pero la llegada del invierno era de una dureza y belleza indescriptible.
Y, por cierto, también nevaba, como si estuviéramos asistiendo al fin de
los tiempos. Este frío implacable hace decir a Robert Frost:
Algunos dicen que el mundo terminará en fuego,
Otros dicen que en hielo.
Por lo que conozco del deseo
estoy con los que están con el fuego.
Pero si tuviera que sucumbir dos veces,
creo conocer lo suficiente del odio
para decir que la destrucción del hielo
también es grande
Y sería suficiente
LAS DESPEDIDAS
El día de la despedida de la caleta en 1953 fue triste. Aunque mucho más
ahora que en ese entonces.
Esperamos la llegaba del legendario “Micalvi” o de la barcaza “Isaza”,
hasta que un día de enero del 53 nos condujo de retorno a mi ciudad natal.
Lo recuerdo con precisión. Miré las aguas silenciosas y grises de la caleta
desde la borda del “Micalvi”. Y luego contemplé el muelle, y la casa en que
vivimos.
Fue un año de estadía, equivalente a haber estado una temporada en el
paraíso, en contacto directo con los dioses del mar y de los bosques cuyas
presencias permanentemente he sentido.
Hoy, noviembre del 2012 –merced a la gentileza de la Armada de Chile–
he vuelto a la caleta y todo es igual. Pero también todo es porfiada e igual-
mente distinto. La caleta no es la misma, así como yo no soy el mismo. Nada
parece ser siempre lo mismo. Pero todo, al fin y al cabo, es esencialmente lo
mismo. La dialéctica entre el azar y la suerte han impreso su rúbrica en ella
y en mí. Hubo movimientos de tierra al construir la nueva e imponente casa
del Alcalde de Mar actual, trabajos efectuados por el hombre que alteraron
levemente el paisaje. Hubo sismos interiores en mi vida. Hubo heridas. Y
cicatrices como las del viejo Leviatán en Moby Dick o los restos del pez es-
pada en El viejo y el mar.
He aquí el rescate y lo que aparentemente había olvidado. Algo esencial
ocurrió en mi vida. En esta playa y en esos bosques y estas aguas están im-
presas las primeras huellas que fueron dando sentido a mi existencia.
La casa que habité ya no existe.
Pero me recosté en el lugar en que estaba ubicada hace años, como tra-
tando de sublimar o hundir los recuerdos en ese lugar. En una foto guarda-
da del año 47, aparecemos con mi hermano jugando junto a la casa. Atrás
se perfilaba el horizonte de bosques de 64 años atrás. Hoy me recosté en ese
mismo lugar recreando la situación. Ahora sólo está el manchón de lo que
fue un hogar. Y hay borrones en mí de lo que fueron mis hogares.
Actualmente, a unos 100 metros de la antigua casa, se erige otra recién
inaugurada en mayo del 2012, con las comodidades y tecnologías adecuadas
a los tiempos y circunstancias actuales.
Secretamente sé que alguien me esperaba en Banner.
Me esperaba un Martín Pescador que, sobre un cerco que se interna en
el chorrillo, otea fijamente las intensas aguas de la Isla. Y me esperaba la
caranca con su vuelo níveo. Y los nidos de avutardas junto al muelle que
me salvó. Muelle del que quedan algunos restos de fierros oxidados. Tomé
unos clavos enmohecidos y los puse en mis bolsillos para regalárselos a mis
padres como un testimonio de este viaje.
Y entonces, ya próximo a la partida, levanto suavemente una rama,
mientras la avutarda está incubando sus huevos. El ave no hace ningún in-
tento de emprender el vuelo. Se estremece sólo un poco. Tiemblo ante la
idea de asustarla… Volveré mañana, le digo. Hoy hay en mí un gran júbilo:
las aves han anidado en mi jardín junto al mar.
Entonces diviso a las oceánidas que se ocultan a la orilla del hilillo de
agua del chorrillo y las veo refocilarse entre las ramas de los coihues. Y de
pronto comprendo que debí haber agradecido a las Nereidas que viven en
las aguas profundas de caleta Banner, por su protección en el bote, y que
cultivan pececillos y moluscos y erizos preciosos. Las percibo también ju-
gueteando en las hermosas tardes en la tranquila superficie del mar.
Observo nuevamente mi muelle derruido e inservible. Algo así como el
pez espada capturado –convertido casi en un esqueleto– en el relato de He-
mingway. Pero continuo vivo, y le envío un gesto de reconocimiento, pen-
sando también en el cabo Ramón Rojas Gallardo del 47, y en el marinero
Bórquez y su proeza de valentía y paciencia y, por cierto, en mi familia.
Miro la playa y no puedo evitar pensar en un ser querido que se aban-
dona y, que en el fondo del corazón, no se sabe si volveremos a ver. Pero,
pienso, es como dejar a la madre eternamente joven que te dice adiós desde
los bosques y el oleaje de la caleta.
Y me repito con Frost:
Pero tengo promesas que cumplir,
y millas por andar antes del sueño,
y millas por andar antes del sueño.
El plumaje de las aves se eriza por el viento.