UN PASEO POR LA CIUDAD

UN PASEO POR LA CIUDAD

Entonces, y como algo ya natural, tomé mi abrigo,
extendí la mano hacia el interruptor y dejé todo
como antes. Luego abrí misteriosamente la puerta
y me eché a la calle.
     Y nada me impidió distinguir lo que sucede. Un
hombre pasa susurrando solo; otro se encorva en
su vestido como sumido en una noche profunda; un
perro atraviesa una calle como un viajero perdido
en su ley inefable. Y atrás, más atrás, una pareja
desnivela el mundo con un abrazo atroz.
     Está helado, es cierto, está helado. El cielo cu-
bre de un blanco misterio las avenidas. Luces dis-
tintas luchan desesperadas por un agua entumida
y solitaria, Una brisa límpida deposita sus humil-
des sacrificios en un rincón. Un frío hambriento,
propio de la época, tropieza con el parabrisas de
un vehículo. Y una neblina que no admite explica-
ción, impide divisar al conductor.
     En una esquina, un reloj cabecea su sueño im-
perturbable. Y una multitud de letreros chispea sin
luz sobre una joven que envejece. Alguien se corta
las venas en este instante. “Sólo un poco, un poco
más y nos iremos”, le digo. Y me detengo y enve-
jezco a fondo. En lo alto de una iglesia, un gallo

canta en la noche y el hielo cristaliza con paciencia
en la inmensidad. Y los árboles hacen un gélido
gesto a la altura. Y de pronto me duermo profun-
damente: una mujer pequeña se aleja y deshabita
el mundo; un niño me dice adiós con su pañuelo
arrugado de imposibles y alguien allá, más allá,
como silencioso de mi mano.
     Despierto lejos de la ciudad. “No ha transcurrido
tanto”, me digo. Pero el silencio, el eco espantoso
de un presentimiento, el ladrido sonámbulo de un
perro o el exterminio fugaz de un astro incomuni-
cado, no parecen suficientes para tanto clamor.

     Y, entonces, parezco regresar. Las calles perma-

necen quietas, obsesionadas de mí. A intervalos

irregulares se condensa con tristeza el frío. Y en-
cuentro palabras cristalinas en una postura irre-
mediable. Los hombres pasan dejando un hilillo
inconsciente de sangre en la nieve. Y las luces de
mentira y las vitrinas impúdicas apenas dejan es-
pacio para avanzar.
     Hoy viernes, he paseado por la ciudad.
     Por ahí cerca y entre sus orillas nevadas, un río
oscuro corre hacia algún sitio.
Está bien.