POR ESO YO DEPOSITO
Por eso
yo deposito toda mi esperanza en la física, Naomí.
Abatido por el desarrollo de los acontecimientos,
y bastante complicado con el estado actual de las cosas,
pongo toda mi confianza en la física,
en la Teoría Madre de todo.
No vislumbro, padres conscriptos,
otra solución a mis problemas.
Frecuentaré
un universo de dimensiones múltiples.
Lamento haber llegado a esta conclusión.
¿Cómo si no,
podré desandar,
restañar los agravios,
y la desilusión y la desolación esparcida?
¿Cómo podría convencerte, Naomí,
que las cosas son,
no obstante todo,
así mismo de claras,
de limpias,
o –digámoslo aquí sin vergüenza–
de inocentes?
¿No podría mostrarte allá
levemente
lo que aquí fue infausto?
¡Cómo
si tú,
con un solo gesto que ocurre ahí al lado,
en tu mundo simultáneo lleno de jazmines y naranjos,
aniquilas limpiamente,
reduciendo a cenizas,
a nada,
todas y cada una de las cosas que nos ocurrieron,
que te ocurrí,
que me ocurriste.
Y que con un gesto
o el más mínimo esbozo de sonrisa,
destrozas cada uno de mis más contundentes argumentos!
Cuando conversábamos acá
¿en qué universo estabas tú?
¿En qué mundo estaba yo?
¿A qué hora estábamos?
¿Sería esa la hora nona, la hora tercia,
la misma en nuestros universos simultáneos?
¿A cuántos siglos luz estabas tú?
¿A cuánta oscuridad estaba yo?
¿No eras tú el rayo de luz
y yo el simple marinero que escuchaba aquí en tierra?
Cuanto más rápido avanzabas
más lento transcurría para ti el tiempo
más comprimido estaba tu corazón,
y más rápido envejecía mi alma,
mi frente.
Y si el espacio tiempo es curvo
¿Por qué, Naomí,
por qué no tomé un atajo,
por qué no derribé el cielo
y no salté desde mi orilla a tu infinita orilla
para llegar más pronto a ti?
¿Por qué no tomé un sendero más breve,
menos cruento
que este viaje azaroso
plagado de vericuetos y días inciertos
y atravesado por autopistas veloces?
Por eso deposito mi confianza en la física.
Conviviría simultáneamente en dos universos.
En uno,
cualquier error,
¡oh dioses vengadores!,
cualquier iniquidad,
podría resarcirse en el otro,
y yo mismo –este azar–
compensaría religiosamente todos los destrozos.
Y si es preciso redoblar allá,
aquellas faltas a la privanza imperial
o aquellas violencias que se fundan
en cuestiones de naturaleza,
i.e.,
aquellas que se basan
en la lógica violenta de desórdenes impensados,
no lo deseches tú acá.
Reparar, por ejemplo,
la caricia o la mirada que te regalaron
y que tú mismo,
orondo,
lanzaste descuidadamente al basural
y suplir de una manera radical,
aquí,
en este otro mundo,
sin que nadie lo note,
y ni siquiera tú lo percibas.
O,
menos aún –oh dioses–,
y por una especie de cósmico equilibrio,
nadie lo reconozca.
Resarcir,
cuando en este mundo,
alguien aprieta tu mano con ternura,
y la tuya se torna rígida,
como una escalera de metal que cae en un abismo,
y entonces,
tú, infausto, lo desechas.
O mejor aún,
cuando ni siquiera vislumbraste
de que algo inmenso había ocurrido,
y que tú apenas lo percibiste;
y que en el otro mundo –oh, dioses–
nadie te ofrezca apenas la mano,
ni te brinde un gesto.
O peor aún,
que nunca nadie se enterara
de que tú siquiera existías,
de que entregaste tu corazón,
tu mano, tus miradas, tus átomos,
tu completo corazón,
innumerables veces en vano.
Por eso
deposito mi corazón en la física.
En universos como burbujas que flotan
como una cuántica fluctuación en la Nada,
como membranas que vibran armónicamente
en el reino prodigioso de la materia
hacia los dominios más vastos
y hondos de la energía pura.
Y le temo a las burbujas, Naomí.
Si el cosmos es una maravilla cuántica,
si el Universo se crea a cada instante
mientras hablamos,
y se crea y recrea todo
como un titubeo cuántico de la Nada
¿por qué no vamos a un universo paralelo
tranquilamente?