SHUKAKU I
En la maduración de los templos acuáticos,
destapábamos la yerba, Watauinewa,
Y lo gris.
En las fundaciones del mar, cantaban
dioses mudos entre algas y vuelos.
Pían las aves
sobre el crecimiento total,
Esquivamos grandes grutas vegetales
y no alzamos mucho los ojos
porque ello es prácticamente innecesario.
Oímos los silbos, allá, en los altos aleluyas.
¿Lo demás? Una caleta. Un silencio,
algún alción que cae herido en el corimbo
de una ola interminable. Y míticos petreles
anidando en el corazón del faro
de la gran esfinge isleña.
Más allá, Watauinewa, padre mío,
un roquero inaccesible para la gana.