Sueño III
Anoche soñé que nevaba.
Dulcemente nevaba.
Un rostro se cubría lentamente
de una pausada blancura
en los suburbios del corazón.
Luego escarchaba.
Las callejas eran una perlería fulgurante.
Las aves se congelaban en sus vuelos
como granizos inmensamente solos.
E innúmeros senderos tiritaban
en medio de huellas antiguas.
La geología se trizaba
en amplias avenidas de árboles fósiles.
E interminables cosmos
estallaban silenciosamente
en la profundidad de los cristales.
Recuerdo haber visto ese rostro antes.
Copos de dulzura pendían
de la comisura de la nieve.
Y un carmín malva,
de los párpados del frío.
Hubo hondas quebradas,
detritus de cuestiones antiguas,
grietas
como cráteres lunares bajo las vastas extensiones de la nieve.
Y blancos fuegos
flameaban como un adiós.
Anoche soñé que nevaba.
Dulcemente.