TÁCITO
I
Yo leo noticias actuales.
Leo a Homero y Virgilio.
A Lucrecio,
a Van Gogh.
Y cada día a Mozart.
Ellos me informan casi al detalle de lo principal,
de lo que ahora está ocurriendo en el planeta.
Los conocidos me dicen:
¡Cómo puedes leer cosas tan antiguas,
tan ajenas a nuestras cuestiones cotidianas!
Pero les digo:
los medios actuales,
los noticiarios de hoy,
me enojan,
me aburren
me hacen sentir aún más necio.
Cuentan cosas que poco interesan.
Ocultan cosas que importan.
Porque nos rodea un enorme
entramado de mentiras de las que nos
alimentamos, Pinter.
Hablan de políticas locales,
veniales, vanas,
de economía, de guerras,
de abusos varios.
¡Y lo cuentan mal!
¡Omiten lo esencial!
Pinter: Entonces el jefe de redacción dijo: “Escuchen,
¡las noticias son las que nosotros decimos que son noticias!
¡Y basta! ¡Y, para nosotros, la manipulación genética
no es noticia! ¿OK?”.
Yo prefiero a Tácito,
él me informa a la perfección de lo que está ocurriendo.
Hace unos días me dijo de Nerón:
Y se hacían colectas para contribuir a los gastos de estas diversiones,
a las que contribuían los buenos por necesidad
Y los disolutos por ostentación y vanidad.
Crecieron con esto la maldad y la depravación pública
hasta tal punto que,
aún en los tiempos de costumbres más relajadas,
no amenazó nunca a la sociedad un tan grande aluvión
de desórdenes y vicios.
(Anales XIV, 14)
Eso me dijo.
Les confieso que quedé abrumado
pero completamente notificado,
informado hasta la saciedad,
hasta el dolor,
hasta la infamia.
Yo amo la actualidad.
Las noticias frescas,
las recién producidas
en el horno de los hombres verdaderos
como aquellas venidas del último Infierno del Dante,
o de las pinturas,
de los grandes frescos históricos de Tácito
o Miguel Ángel
o de Matta,
o de la tristeza de Leng.
Como aquellas noticias que me llegan desde China
y que me trae personalmente Su Hsueh-Lin
La espina ha vuelto
a pinchar mis manos
hasta el fondo remoto.
Eso murmuró.
A veces son tan duras,
tan implacables
que me quedo días o meses
como si me hubieran dado una bofetada feroz
en presencia de un público mordaz.
Noticias perfectamente acabadas
como las que entrega Mozart en el K. 448,
en el K. 516,
en K. 622,
un infinito de platos asombrosos
un perdurable árbol nativo de cosas maravillosas,
una vertiente de novedades
que informan directamente de otros mundos.
Una enorme cantidad de información actual,
de esperanzas,
y en una escala vibratoria
que apenas se puede soportar.
Amo tanto la actualidad
que cada vez me alejo más hacia los orígenes,
los que espantados retroceden más y más.
No sé dónde terminaré algún día, me digo.
Ah, Homero
y la ira del amurrado Aquiles,
como la rabia de un mísero sudamericano.
¡Ah! Tácito:
Verdaderamente,
cuanto más observo las cosas modernas
e investigo las antiguas
tanto más descubro la locura
y vanidad de los mortales en cualquier cosa que sea.
(Anales III, 18)
¡Ay!, lo asirios:
Cuando arriba los cielos no tenían nombre
y no volaba ni una mosca en la Tierra.
II
He experimentado, padres conscriptos,
el sortilegio de los hopis,
y el pánico de esos instrumentos demoníacos,
los códices mayas.
¡Esas son noticias actuales!
¡Esas hablan de la actualidad!
Dan sentido a las noticias vigentes.
¡Oh la renovación eterna de lo mismo!
Me seduce
–como una mujer presta, pronta–
la actualidad.
Por eso me informo lo más posible,
del detalle azaroso de los acontecimientos.
Lucrecio, sin empacho alguno,
y como si fuera lo más evidente del mundo
me informa de hallazgos increíbles en el dominio del átomo,
del mundo subatómico,
y,
cuando menos lo esperaba,
habla de la importancia del vacío en el cosmos.
Y luego Horacio
me envió una nota hermosa
y, por cierto,
triste
sobre la fugacidad del envidioso tiempo.
Ocurre que aquí,
hace mucho que nadie pregona
o escribe crónicas importantes
y que sean vitalmente actuales.
Nadie habla de la gran política,
de los grandes procesos,
de los negocios mundiales del imperio
de los negocios eclesiales,
de los ecuménicos intereses que se mueven tras las guerras.
A nadie importa el desinterés que provoca la palabra,
de los intereses que se agitan en las sombras.
Se silencia a los que nos quieren informar
de la claridad del crimen,
de la dolorosa luminosidad de la ciencia
entre la nebulosa del poder
o de las oscuras maquinaciones políticas.
Nadie me quiere informar
qué pasó en realidad,
–apegándose a la más estricta verdad–,
qué pasó con el Cristo,
qué ocurrió con los mayas,
con los hopis.
¡Qué está pasando con nosotros!
¡Sólo pido, pretores,
que me informen de cuestiones cruciales!
¡Menudamente cruciales!
No pido grandes cosas,
ni grandes desarrollos sobre la muerte
de Luther King, de Celan,
de Vallejo o Gandhi.
Hace unos días Kafka me entregó
una noticia completa
sobre el siglo XX y de gran parte del siglo XXI.
Créanme,
me dejó espantado.
Hace 30 años que no he podido dormir.
Pido consideración con nosotros,
y conmigo
que amo
–más que a nada–
la actualidad de cualquier época.
¡Morir de actualidad!
Ese es mi lema.
III
Una noticia importante acaba de ocurrir.
Un árbol solloza amargamente frente al mar.
Una flor acaba de aromar la inmensidad del Universo.
Y, oh sabiduría,
ella permanece quieta, en silencio,
ajena a todo lo banal humano,
presta siempre al Universo.
Disimula sus conflictos interiores
y aroma
y pinta de azul
o de un extraño malva el cielo.
Sus conflictos devienen alegría,
y el júbilo deviene Wolfie,
agua pura que corre cantando entre zarzales
y riscos sin fin.
Los últimos informes señalan que
el universo se expande a una tasa creciente.
Que las galaxias se alejan aterradas unas de otras.
Que nuestra luna huye de nosotros a 38,1 mm por año.
Que era 15 veces mayor que la actual en los inicios de la Tierra.
¡Que hay una estampida general!
Y que está terminando la noche de la galaxia.
Que estamos en el tiempo del no tiempo.
Y que avanzamos a la aurora galáctica.
Que hay emisiones de energía desde el centro de la galaxia
¡Otra política!
¡Otra religión!
¡Otro hombre!
Más acorde con nuestra naturaleza imperfecta,
con lo que realmente somos:
arenilla
pelusa en el espacio infinito,
una mera sonrisa del universo.
¡Al fin, no más hipocresía!
¡Bendita la materia,
la energía oscura!
¡El bienaventurado vacío oriental!
Y una última nota
sobre la muerte de Germánico:
No salió su hermano más delante de una jornada,
ni su tío se dignó salirle a encontrar siquiera
a la puerta de la ciudad.
¿Dónde están los antiguos institutos?
¿Dónde la efigie sobre el túmulo?
¿Dónde los versos
en memoria de las virtudes del difunto,
los loores, y las lágrimas
y las demás apariencias siquiera de tristeza?
(Anales III, 5)
¿Dónde están las lágrimas,
las apariencias siquiera de tristeza?
¿Dónde están siquiera las apariencias?
¿Hay algo más actual, padres conscriptos?