POEMAS
EMILY DICKINSON
Traducción
de Nimia y Juan Pablo Riveros
Esta traducción pretende sentir y expresar en español lo que la poeta sintió en
inglés.
Como sabemos toda traducción y, por cierto, con mayor razón la de un poema,
es una tentativa vana.
Un texto poético es absolutamente intraducible. Todos los ecos, matices,
sonoridades y resonancias de un texto en el cosmos de su lengua original son
imposibles de trasladar a otra lengua.
Por ejemplo, cómo decir en inglés o francés o alemán, o cualquier otro idioma,
estos versos de Vallejo en Poemas Humanos: pero dadme/una piedra en qué
sentarme, /pero dadme/ por favor, un pedazo de pan en que sentarme, / pero dadme/ en
español/ algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse/ y después me iré.
O
Fue domingo en las claras orejas de mi burro
de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza).
O este verso:
un mar de aromos amarillos se mece a la orilla del sendero.
Entonces nos tenemos que conformar con reproducir, en la escala y estructura
de otra lengua, lo más poéticamente posible (y según la concepción de poesía de
cada traductor), una idea o sugerencia que animaba al autor original.
Por ello la traducción es un remedo, una parodia. Un acuso recibo en otra lengua.
No obstante, son necesarias. ¿Cómo sino accederíamos a los grandes clásicos: La
Ilíada, La Eneida o a las Odas de Píndaro y Horacio?
Y en este sentido, estas traducciones no son más que una invitación al lector para
que acuda a la fuente original.
Mayor pretensión es superflua.
La numeración de cada poema corresponde a The Complete Poems of Emily
Dickinson, edited by Thomas H. Johnson.
193
Lo sabré cuando el tiempo termine
Lo sabré cuando el tiempo termine
y yo haya cesado de preguntar por qué.
Cristo explicará cada angustia
en la hermosa aula de clases del cielo.
Me dirá lo que Pedro prometió
y yo, maravillada de su dolor,
olvidaré la gota de angustia
que me atormenta ahora,
¡que me abruma ahora!
211
Oh Paraíso, acude lentamente
¡Oh Paraíso, acude lentamente!
Los labios no acostumbrados a ti
saborean tímidos, tus jazmines.
Como la abeja desfallecida
que alcanza muy tarde su flor,
atrayéndola a sus aposentos
cuenta sus néctares
y entra y se pierde en sus perfumes.
609
Estuve años lejos de casa
Estuve años lejos de casa.
Y ahora, ante la puerta,
no me atrevo a entrar,
evitando enfrentar una cara que nunca vi antes.
Me iré fijamente con su mirada vacía.
¿Qué hacía ahí?
¡Buscaba sólo una vida que dejé!
¿Estará aún allí?
Nerviosa, busqué a tientas
y escudriñé de cerca las ventanas.
El silencio, como un mar palpitante,
se estrelló en mis oídos.
Solté una risa hueca
cuando pensé que podía temer a una puerta,
yo, que había enfrentado el peligro y la muerte
y que nunca temblé antes.
Oprimí la aldaba con mi mano
con temblorosa angustia,
temiendo que se abalanzara sobre mi esa puerta terrible
y me dejara ahí parada.
Aparté poco a poco mis dedos
como si fuesen de cristal,
con mi oído atento.
Y como un ladrón furtivo,
jadeando, hui de la casa.
31
Ojalá fuese para ti el verano
Ojalá fuese para ti el verano
cuando los días del estío se hayan ido.
Y aun tu música
cuando la lechuza y la oropéndola hayan partido.
Por ti floreceré, y brincaré en mi tumba
con una hilera de flores sobre mí.
¡Te ruego, recógeme,
anémona,
tu flor por toda la eternidad!
50
A mi jardín aún no se lo he dicho
A mi jardín aún no se lo he dicho
temiendo al fin que me venza.
No tengo fuerzas todavía
para contárselo a la abeja.
No lo diré en la calle
temiendo que en las tiendas me miren,
porque alguien tan tímida, tan ignorante
tenga el atrevimiento de morirse.
Las laderas donde he paseado tanto
no deben saberlo,
ni lo anunciaré al amoroso bosque
el día en que me vaya.
No murmuraré en la mesa,
ni, por cierto, por descuido,
daré indicio de que alguien
cruzará hoy el umbral del Enigma.
712
Ya que no pude pararme por la muerte
Ya que no pude pararme por la muerte,
ella tuvo la amabilidad de pararse por mí.
En el carruaje solo íbamos nosotros
y la inmortalidad.
Avanzamos lentamente.
Ella no tenía prisa,
y yo había abandonado mi labor,
y mi esparcimiento por cortesía.
Dejamos atrás la escuela
donde los niños peleaban durante el recreo.
Dejamos atrás los campos de granos
Dejamos atrás el sol poniente.
O, mejor dicho, él nos dejó atrás.
El rocío caía trémulo y frío.
Solo de gasa era mi vestido,
mi estola solo de tul.
Nos detuvimos ante una casa
que parecía un bulto en la tierra,
el tejado apenas era visible,
la cornisa hundida en el suelo.
Desde entonces han pasado siglos.
Y, sin embargo, se sienten más cortos que el día
que presentí que las cabezas de los caballos
apuntaban hacia la eternidad.
182
Si yo no viviera
Si yo no viviera
cuando vuelva el petirrojo,
dadle en mi memoria una migaja
al de la corbata encarnada.
Si no pudiera agradecerte
por estar profundamente dormida
debéis saber que lo intento
¡con mis labios de granito!
340
¿Es la Dicha, entonces, un Abismo …
¿Es la dicha, entonces, un abismo
que no me deja dar un paso en falso
por temor de arruinar mis zapatos?
Preferiría que mis pies disfruten
que cuidar de mi calzado.
Siempre será posible comprar otro par
en cualquier zapatería.
Pero la dicha se ofrece una sola vez.
Perdida la patente
nadie la comprará jamás.
Díganme, pies,
decidan la cuestión.
¿Debe la Señorita cruzar o no?
¡Pronúnciense, Zapatos!