Un Día

Un Día

Al levantarme,
el silencio cavilaba entre las sombras.

El empapado sudario de la mañana se despliega.

Saco la escarcha de mis ojos
y aprieto mis manos contra el pecho.

Una solitaria comida en el frío silencio.

Leo la nieve, la nevisca,
las noticias de la época,
leo los hielos
que cuelgan del dintel
y las entintadas plumas
de los registros meteorológicos.
El libro de la civilización se abre
y me abandono completamente
durante un tiempo.

Y, como un famélico bárbaro
ante un trozo de carne,
medito.

De pronto,
un estampido,
como si miles de toneladas de dinamita
estallaran bajo mis pies.
Como si la gran distancia se redujera
a un milímetro,
como si la civilización construida
sobre lo útil,
estallara.
El asa de la linterna tintinea
sobre la precaria base de latón.

¡Grandes extensiones de nieve
contraídas por grandes ríos!

Y, como quien busca un tesoro,
escarbo la nieve
buscando algo
cada día más difícil de hallar.

Más tarde,
las cosas fluyen tan suaves y espontáneas
que Todo nada armoniosamente
en la ancha corriente del cosmos,
como si una carta entrara en todos los domicilios del mundo.