UNA MUJER
Es una mujer joven,
núbil,
ocasionalmente bien dispuesta.
Como si fuéramos sus médium,
sus chasquis,
nos hace sudar, correr,
detenernos largamente
o sentirnos francamente necios
ante su energía inmaculada e interminable.
Y todo para confirmar que un ave,
una nube, una tonina
o un papel celeste
se deslizan silenciosamente por el cosmos.
Para ella,
todo lo demás es ocaso,
todo lo demás envejece instantáneamente.
Y,
como si tuviera un pacto con los dioses,
conserva su piel tersa y su sonrisa joven
como si cayeran fragmentos de flores perennes
sobre su frente y sus labios impecables,
como si jamás un segundo hubiera atravesado su cuerpo.
Fuera de las fronteras del tiempo
pareciera huir de la rutina,
del sentido común,
de los marcos,
es decir, se traslada libérrima,
caprichosa de un lugar a otro,
como una diosa insoportablemente esquiva y hermosa
cortejada por todos los pueblos,
en todas las épocas,
insignificante sólo en los medios bursátiles.
Entonces, de pronto,
se arroja y cabalga literalmente sobre ti
–a veces tú sobre ella–
te transporta por dominios y límites extraños,
por países desconocidos,
por paisajes y galaxias innominadas
conservando asombrosamente su decoro.
Cuanto toca
rejuvenece,
y las momias celestes, los cadáveres egipcios,
los fósiles más antiguos y hasta los vestigios primeros
emergen como recién inventados
cuando ella los roza
o simplemente los mira desde un ángulo preciso.
Muchos la han destrozado
y, en honor a la verdad,
la han dado por muerta en las ciudades,
en los rascacielos
o en las anónimas playas del mundo.
Ha quedado exangüe
y en diferentes calles y retretes del planeta
le han desfigurado el rostro.
Sin dioses ha quedado la frescura de sus labios;
trituradas sus manos, sus ojos y su aliento
ha sido reducida a un suspiro
hasta en las humeantes cenizas humanas.
Otros la arrojaron a patadas del cielo,
la echaron a la calle
la empujaron desde las galaxias
hasta inmensos pantanos putrefactos.
Luego la violaron,
y la violaron otra vez en el senado de la república,
y la arrojaron sangrando a las acequias.
Creyeron destruirla definitivamente.
(Hay quienes al borde de un abismo
contemplaron su corazón
y atónitos
huyeron
o enloquecieron).
Pero, en el instante menos pensado,
cuando toda esperanza se había perdido,
una luz rasga el manto infinito de la noche.
Y surge ella con toda su juventud,
vital,
erecta,
impúber
con esa inocencia desafiante y pueril,
con esa mirada de súplica ante la que ninguno ha osado
–so pena de muerte–
negarse.
Hastiada de los paisajes lunares,
de los palacios,
del arrullo de las palomas,
de las domésticas urbes,
de la burla, de los romances seniles,
¡ay, Emilia de Amherts! del género,
de la pirotecnia de los juglares
i.e., de las novedades de la época,
huye desesperadamente hacia lo alto
o hacia lo bajo y ruin,
hacia una legalidad superior
y vinculada sólo al Gran Poder.
Entonces llega el gran momento.
En una noche de lluvia y de dioses hambrientos,
en que no sabes verdaderamente qué hacer,
en qué hierba reposar,
en qué riachuelo abrevar,
en qué altar suplicar o pedir piedad,
como un adolescente
quedas estupefacto mirando los senos y el pubis celeste de la amada.
Eternamente hermosa desde el inicio de los tiempos,
reside en todo hecho natural o sobrenatural cualquiera.
Te exige sacrificios extraordinarios
que el pudor obliga a silenciar,
que la decencia y la fidelidad te impiden reconocer.
¡Debiéramos callar!