UNIVERSO CUÁNTICO

UNIVERSO CUÁNTICO

I
¿De qué está hecho el universo,
la tierra,
los árboles,
los ríos?
¿De qué el mar y el aire,
la luna, el sol?


¿Cómo se forman las galaxias,
las constelaciones?


¿Por qué son compactas las piedras?
¿Por qué brillan las estrellas?


Porque la materia está hecha de átomos
              dijeron Leucipo y Demócrito.


Y los átomos
responden preguntas sorprendentes, agrega Lucrecio.


¿Qué es el viento?
¿Se disuelve acaso un grano de sal en el agua
rumbo a la nada?


              ¿Desaparecemos en la nada?


II


El universo,
un vasto mecanismo ordenado
y predecible, decían los físicos clásicos.


Pero el año portentoso de 1905,
Einstein descubrió que la energía
venía empaquetada en pequeños bultos,
en menudos cuantos de energía.


             Y se derrumbó el dogma clásico.


Y luego Heisenberg,
en una noche memorable de mayo de 1925,
descifró el lenguaje del átomo.


III


Y desde entonces
todo es absolutamente sorprendente.


Unas cuantas leyes matemáticas
parecen describirlo todo.
Las leyes subyacentes que gobiernan
las demás ciencias
descansan sobre los pilares fundamentales
de la relatividad y la teoría cuántica.


La mecánica cuántica

nos habla como en sordina,
desde el interior de un núcleo,
que es cien mil veces más pequeño que el átomo.


IV


Nadie sabe, en realidad,
qué es la teoría cuántica.


             Los átomos chocan incesantemente entre sí,
             se empujan
                            se agitan;
             y los electrones se turban
             y se reorganizan
             y luego se regeneran
             y se reconstruyen
             volviendo siempre a la misma estructura inicial,
             con la misma persistencia con que el sol emerge cada día.


Shimony:

              Es absolutamente milagroso.
              No había pista ni seña alguna
              de cómo hacer eso en la física clásica.


¿Por qué un electrón
se comporta tanto como partícula
o como si fuera una onda ?


V


Pero
cualquier cosa comparada con un electrón,
               o un fotón
                             o un protón
               es banal y demencial.


Porque cuando todo se vuelve pequeño, maestro,
cuando pasamos del escalafón de las estrellas,
de las casas,

de los árboles, los perros, los pumas, los panes o las cebollas,

cuando todo pasa a la escala de lo muy pequeño,
de lo nimio,
de lo casi invisible,
a lo infinitamente pequeño de Pascal,
todo se torna entonces demencial,
                                                         desquiciado.


Porque las cosas se tornan cada vez más pequeñas,
y nos vamos hundiendo imperceptiblemente
en la infinitud de lo ínfimo,
en lo absolutamente maravilloso que se expande hacia dentro
hacia la maravilla absoluta de la expansión interna.


Si colocas un átomo en la palma de tu mano,
y ubicas uno por cada segundo desde el inicio del universo,
te será difícil ver esa mota insignificante de materia en tu mano.
Y si el puño representara el núcleo del átomo,
éste sería del tamaño de una gran catedral.
Y los electrones revolotearían
como una palomilla en una catedral vacía.
En un instante está en el domo
y luego en el altar
o en un confesionario
o en la hornacina de una virgen.


El electrón está aquí
y cuando varía su cuanto de energía
brinca
              y salta,
              y ese brinco
                         –ay esos malditos brincos cuánticos
                         que arruinaban la idea de Dios de Einstein–
es como si dos palomillas o dos polillas danzaran:
una para estar aquí
y otra para no estar allá.
El estado cuántico del electrón

es la potencialidad
más que la actualidad,
es una abstracción matemática,
una idea,
un fantasma.


La mecánica cuántica predice
lo probable,
nunca lo definitivo.
Y como un jugador de póquer con cerebro sobrehumano,
ella lo hace con una precisión sorprendente.


El electrón suele estar
aquí o allá en el mismo instante.
Puede ir de aquí para allá
sin elegir el sendero del medio.
Puede pasar por dos ventanas simultáneamente
o por dos cavidades al mismo tiempo.
Puede atravesar de una puerta a la otra
siguiendo un sendero previsto,
posible
hasta que al mirarlo
–y por el solo hecho de mirarlo–
elige sorpresivamente otro camino.
Y su movimiento no puede anticiparse
porque no tiene razones.
Vence toda vigilancia,
vence al vigilante
porque cuando se sabe lo que hace
no se puede asegurar dónde está,
y cuando sabemos dónde está
no podemos asegurar qué hace.
Es el principio de incertidumbre,
inherente a las leyes de la física
y a todo lenguaje que describa a la naturaleza.
Si se fija la posición
se pierde la velocidad y viceversa.


Y todo sin trampas
sin engaños
sin la hipocresía de los tahúres humanos.
Es el mundo real despierto.


VI


Y los estados cuánticos
de los electrones de un mismo átomo
están relacionados, maestro del Neckart.
Sus potencialidades se hallan entrelazadas,
y aún cuando las partículas estén separadas por millones de años luz
la naturaleza toda está conectada.
Nada está al arbitrio. No hay azar.
Hasta tu suspiro está conectado a las estrellas.


Son las actividades tétricas a distancia, dice un físico.


Pues la mecánica cuántica,
como la vida o la muerte
es un chiste, un sin sentido,
una mosca que se desplaza en tu cuarto
sin poder predecir su destino,
como el alevoso viento que huye,
o el proceloso copo que cae,
y, no obstante,
la teoría calcula todo perfectamente
hasta con 9 ó 10 puntos decimales de exactitud.


Y su oscuridad no proviene de ella
sino de nuestras preconcepciones del mundo,
de cómo creemos que debería funcionar la naturaleza.
Sus ideas contradicen lo cotidiano
y se contraponen a nuestros ineptos prejuicios.
La oscuridad radica
en que ella rehúsa hablar de este mundo

como si lo gobernara
un misterioso algoritmo computacional.


          [No como el Dios de Newton,
          de Einstein
          i.e., el Dios de la causalidad
          donde todo tendría su causa,
          y no habría nada sin razón].


Pero luego
una cosa condujo a la otra
hasta que la causalidad expiró.


La teoría cuántica hizo
que todo al final resultara aleatorio,
probable,
         azaroso,
         esa suma de malentendidos de Borges.
         Como el encuentro casual
         con el alma fortuita en un tiempo y un espacio impensado.
         Como enviar una paloma a la galaxia de Andrómeda
         a la hora quinta del año quince mil cuatrocientos nueve.


Y es posible además que no haya un mínimo,
que no exista la cosa más pequeña
o que ésta sea como una cebolla menudamente infinita
a la que se le quitan capas y más capas
y al desnudar a ese pedazo de infinito
se llegue hasta la más absoluta desolación.
Un huerto lleno de hielos o de sirenas.
Y cuando se alcance una distancia más pequeña
se descubran de pronto otras telas infinitas,
desesperadamente pequeñas.
que ocultan lo desoladamente grandioso
o infausto, no lo sé.


VII


Y la teoría nos lleva casi hasta el borde
de los inicios del Universo,
a algo que ocurrió tan pronto
como un millonésimo de millonésimo de segundo
después del Gran Fulgor.
A la etapa más temprana
en la que el Universo entero habría cabido
en la cabeza de un alfiler o de una bacteria.


Y luego de la gran explosión
comenzó el despliegue,
la expansión
como un juego de naipes infinito
hasta formar todo lo que vemos
o no vemos
y lo que ni siquiera sospechamos.


Cuando el Universo
tenía apenas una fracción de segundo de edad,
era una masa inmensa y caliente
de quarks, gluones y neutrones
mientras se expandía el estallido de energía.


¿Cómo
lo infinitamente denso
evolucionó hasta el cosmos de hoy
con galaxias y constelaciones
rociadas a lo largo del espacio tiempo?


Y la realidad,
¿se expande la realidad
segundo a segundo
apareciendo mundos nuevos en el universo cada día?


¿Por qué aparecen formas nuevas
cada hora,
cada segundo?


¿Pero
emerge siempre algo nuevo?


¿Por qué Dios habría de detener su entretención,
sus ganas de pasar el infinito tiempo
en un infinito espacio haciendo jardines infinitos
en mundos absolutamente simples o complejos?
¿Por qué tendríamos que poner límites,
normas a la imaginación de Dios,
al Mago Infinito del día y de la noche,
al que teje y desteje tus sueños
en el infinito espacio tiempo?


Podría terminar la ciencia.


Podrían desaparecer los hombres de ciencia.
Más siempre habrá ansias,
angustia,
curiosidad
ante la medusa que crece
debatiéndose en el inmenso caos.


Al cabo,
todo resulta ser el mismo misterio.


Einstein entregó los dados a Dios.


Sin embargo,
además de la belleza y la verdad,
es fabulosa,
absolutamente prodigiosa
la ironía de Dios.