YÁMANAS II
Ningún tipo de organización social.
Pastoreaban los peces del Yagashaga
con el fuego tiritando en el centro de sus canoas
de corteza del Nothofagus Antartica,
frágiles
como la alegría.
Nutrias, focas, moluscos,
crizos y raíces, su alimento.
Rara vez guanacos. Expertos escaladores
tras las nidadas en los cantiles del sur.
Casi un animal, Darwin?
Estos indios no pueden conocer las dulzuras del hogar doméstico
y menos aún el afecto conyugal… Pueden compararse, en cierto modo
sus escasas facultades, al instinto de los animales.
¿Antropófagos?
Prohibido, Darwin, comer aves o animales
que se hubieren alimentado de carne humana:
“No comemos hombres muertos”.
Sus armas: arpones, lanzas, cuchillos de hueso.
Casi desnudos en las largas noches invernales:
Una mujer desnuda que amamantaba,
quedó muchísimo tiempo mirándonos
mientras caía abundante la nieve
sobre su pecho y la criatura.
Pueblo manso. Y generoso. Odiada la avaricia,
aunque fuerte el sentido de la propiedad. Todo
pertenecía a Hidabuan. Respetados eran los
juguetes de los niños. Notable el régimen de bienes
en la pareja. Cada uno en sus bienes personales.
Comunes la canoa, la choza, los alimentos.
Los Chiesjaus y la Kina: centros de reflexión y
adoctrinamiento de la juventud sobre las tradiciones
del pueblo: Nosotros, los yámanas, debemos ante todo
ser buenos y útiles a la comunidad.
La loima-yecamush:
instrucción para los médicos hechiceros.
Treinta y dos mil suavidades, su lengua.
Riqueza, no en los bancos, sino
en el verbo.
Y aprenden todo muy rápido
en particular, los idiomas.